Moreno, el delantero que llevó la huella de Guarromán por la cantera blanca y los campos de Tercera
Infancia en Guarromán y el sueño que apuntaba a Madrid
En Guarromán, un municipio jienense marcado por la vida tranquila y el peso de las faenas diarias, nació el 26 de abril de 1955 un niño llamado BENJAMÍN MORENO MÁRQUEZ delantero Real Madrid, al que todos acabarían conociendo como Moreno, un delantero que, con el tiempo, uniría el nombre de su pueblo con la exigente cantera del Real Madrid y con una extensa carrera en los campos de Tercera División y el fútbol regional.
Desde pequeño, Moreno encontró en el balón una forma de expresarse que escapaba de la rutina, porque cada partido improvisado en una era, en una calle sin asfaltar o en un descampado ofrecía la posibilidad de medirse con amigos, de aprender a caer y levantarse, de descubrir, casi sin darse cuenta, que poseía una relación diferente con la pelota.
Las porterías solían ser dos montones de ropa, o dos piedras mal alineadas, pero a Moreno eso no le importaba, porque mientras hubiera un balón, cualquier espacio servía para imaginar que delante no tenía a los chicos de su barrio, sino a defensas de equipos grandes, a porteros que aparecían en las páginas deportivas, a rivales que todavía solo existían en su imaginación.
Aquellas tardes, entre polvo, sol y gritos, forjaron detalles que más tarde se volverían naturales en su juego: la capacidad para orientar el cuerpo antes de recibir el balón, el recurso para ajustar el disparo pese a los botes irregulares, la intuición para adivinar dónde caería un rechace y el hábito de jugar con contacto físico continuo.
En casa, la vida seguía el ritmo propio de un pueblo andaluz pequeño, con obligaciones tempranas y recursos ajustados, pero el fútbol empezó a tenderle un puente a Moreno hacia un horizonte distinto, un lugar donde el esfuerzo en el campo podía abrir puertas que iban más allá de Guarromán, aunque nadie en su entorno pudiera imaginar todavía que ese camino terminaría pasando por Madrid y por clubes como el Real Madrid o el C.D. Leganés.
La llegada a Madrid y el impacto de la Fábrica
El salto desde Guarromán hasta la capital representó un cambio tan profundo como necesario para el desarrollo de Moreno, porque el talento que había mostrado en su entorno necesitaba medirse en un contexto más exigente, donde cada entrenamiento estuviera pensado para pulir detalles, corregir vicios y potenciar virtudes bajo la mirada de entrenadores especializados.
La llegada a la cantera del Real Madrid, conocida ya entonces como una de las escuelas de fútbol más exigentes de España, enfrentó a Moreno con una realidad nueva, marcada por horarios estrictos, una estructura deportiva muy definida y una competencia interna feroz, porque cada chico que vestía de blanco soñaba con recorrer ese camino que unía los campos de entrenamiento con el estadio de Chamartín.
En la residencia o en el entorno que el club ofrecía a los jóvenes, Moreno vivió la experiencia del chico que deja atrás su pueblo, su familia y sus rutinas para instalarse en una ciudad inmensa, donde nada se parece a Guarromán, pero donde el fútbol actúa como hilo conductor de cada día y como explicación para cada sacrificio, desde los madrugones hasta los trayectos largos hacia la Ciudad Deportiva.
El contraste entre la espontaneidad de los partidos en Jaén y la precisión de los entrenamientos de la cantera blanca resultó enorme, porque en el Real Madrid nada se improvisaba, ya que cada ejercicio respondía a un objetivo concreto: mejorar la conducción, perfeccionar el primer control, ajustar la presión, entender la ocupación de espacios, asumir que en el fútbol moderno la táctica ocupaba un lugar central.
Aun así, Moreno no perdió la esencia de su origen, porque en cada regate y en cada disparo seguía latiendo aquel niño de Guarromán que jugaba descalzo o con botas gastadas, pero ahora ese instinto se alineaba con un plan, con una forma de concebir el fútbol donde cada movimiento debía encajar en una estructura colectiva que caracterizaba a la Fábrica madridista.
Juvenil C: primer título en blanco y el encuentro con Santisteban
La temporada 1970-1971 fue el primer gran hito de BENJAMÍN MORENO MÁRQUEZ delantero Real Madrid en la estructura de la cantera del Real Madrid, porque formó parte del Real Madrid Juvenil C, encuadrado en el grupo 2, donde el equipo terminó proclamándose campeón bajo la dirección de Juan Santisteban Troyano, un técnico que marcaría su evolución en varios momentos de su carrera.
En el Juvenil C, Moreno se encontró con compañeros que compartían su sueño, pero también con rivales internos dispuestos a disputarle cada minuto, lo que convirtió cada entrenamiento en un pequeño examen, donde el delantero jienense aprendió que el talento debía ir acompañado de disciplina, porque sin constancia el nivel de la competencia podía dejar atrás a cualquiera.
El equipo se construyó desde una idea clara: combinar el talento individual con una estructura colectiva bien organizada, en la que el balón circulaba con criterio, la presión se coordinaba desde la delantera y la defensa mantenía una línea sólida, de modo que la propuesta no se basara solo en la calidad, sino también en la seriedad táctica, algo que Juan Santisteban Troyano repetía en cada charla.
En ese contexto, Moreno asumió un papel como delantero con movilidad constante, alejado de la figura estática en el área, porque se ofrecía entre líneas, caía a bandas para generar superioridades y atacaba el espacio cuando el equipo encontraba el momento para lanzar un pase filtrado, lo que le permitió integrarse con naturalidad en un juego que premiaba la inteligencia tanto como la potencia.
La conquista del campeonato del grupo 2 no solo significó un primer título para esa generación, sino también el reconocimiento de que el trabajo diario llevaba al equipo hacia una línea ascendente, algo que los entrenadores valoraban muy por encima de las exhibiciones puntuales, porque veían en chicos como Moreno la capacidad para sostener el rendimiento durante una temporada completa.
A nivel personal, el Juvenil C enseñó a Moreno a convivir con la presión de vestir la camiseta del Real Madrid, porque cada partido de liga se jugaba contra rivales que asumían el encuentro como un escaparate, dispuestos a competir al máximo contra el equipo blanco, lo que obligó a los canteranos a comprender que no habría partidos sencillos ni semanas de relajación.
En los entrenamientos, Juan Santisteban Troyano corregía gestos con firmeza pero con un punto de pedagogía muy marcado, hablando con Moreno sobre la importancia de controlar los tiempos del desmarque, de elegir bien el perfil de recepción y de conectar rápido con los mediocentro, para que la jugada no muriera en la frontal, sino que se transformara en ocasiones reales dentro del área.
Ese primer año dejó una huella profunda en el delantero, porque confirmó que podía competir en una estructura de élite, donde las exigencias llegaban desde el club, desde el cuerpo técnico y desde la propia plantilla, ya que los compañeros se empujaban unos a otros para mejorar, sabiendo que todos compartían el mismo objetivo de seguir ascendiendo peldaños dentro de la cantera.

1970-1971 Real Madrid Juvenil C
Arriba, GALINDO (José Pedro Galindo), LASAUCA (Armando Lasauca), TORREJÓN (José Pedro Torrejón), REAL (Víctor Real), CASTELLANOS (Juan Emilio Castellanos Macua), CAMPOS (Emlio Campos), TORRES (Antonio Torres), GARCÍA BUENO (Lisardo García Bueno)
Abajo, CALLES (Rafael Calles), GARCÍA RUBIO (Carlos García Rubio), MATÉ (Francisco Ramón Maté Rodríguez), BLÁZQUEZ (Luis Miguel Blázquez Rofso), GARCÍA CASTRO (José Manuel García Castro), PASCUAL (Francisco Pascual Bermejo), GONZÁLEZ (Juan González León), MORENO (Benjamín Moreno Márquez)
Juvenil B: consolidación en un grupo campeón
La temporada 1971-1972 llevó a BENJAMÍN MORENO MÁRQUEZ delantero Real Madrid al siguiente escalón, el Real Madrid C.F. Juvenil, equivalente al Juvenil B, donde el equipo, encuadrado en el grupo 1, volvió a proclamarse campeón, consolidando la sensación de que aquella generación tenía algo especial: talento, trabajo y una cultura competitiva enraizada desde los primeros años de formación.
En este nivel, el margen de error se redujo, porque los rivales presentaban un grado de organización táctica mayor, con defensas que trabajaban mejor la línea, centrales que anticipaban con inteligencia y centrocampistas capaces de romper el ritmo del partido mediante faltas tácticas y transiciones rápidas, lo que obligó a Moreno a afinar su lectura de cada jugada.
Los entrenamientos empezaron a integrar situaciones más complejas, con ejercicios que simulaban contextos reales de partido, como ataques posicionales frente a defensas cerradas, contragolpes que exigían precisión en tres toques o secuencias de presión alta que debían desconectar la salida de balón rival, y en todos ellos Moreno asumió la exigencia como parte natural del proceso.
La figura del delantero se amplió, porque ya no bastaba con finalizar, sino que el cuerpo técnico pedía participación en la elaboración del juego, creatividad en zonas de tres cuartos y compromiso defensivo en la primera línea, para que el equipo mantuviera el bloque unido, obligado a recuperar el balón lo antes posible tras cada pérdida.
Moreno encontró entonces una nueva dimensión a su fútbol, ya que comenzó a utilizar mejor su cuerpo para guardar el balón en zonas intermedias, aprendió a descargar de cara hacia un interior que llegaba en carrera y mejoró su capacidad para atacar el área desde una posición ligeramente retrasada, sorprendiendo a los defensas con entradas desde segunda línea.
La conquista del campeonato del grupo 1 confirmó que el trabajo colectivo estaba bien orientado, y reforzó en Moreno la convicción de que la cantera del Real Madrid no solo formaba buenos jugadores, sino también equipos capaces de dominar sus competiciones, algo fundamental para entender por qué tantos futbolistas formados allí pudieron luego competir en clubes de toda España.
En el vestuario, la competencia por el puesto se había incrementado de manera notable, porque muchos compañeros veían en el Juvenil B la antesala del Juvenil A, un nivel donde los informes ya llegaban con más peso a los responsables que decidían ascensos, cesiones y renovaciones, por lo que la tensión interna, aunque sana, se palpaba en cada conversación y en cada alineación.
Moreno respondió con discreción, prefiriendo hablar en el campo, aprovechar los minutos que tenía y mantener una regularidad en su juego que los entrenadores valoraban casi tanto como los goles, porque la figura del delantero que no se esconde, que ofrece apoyos en los momentos difíciles y que no desconecta durante los partidos se consideraba un activo esencial en el modelo del club.
Real Madrid Juvenil A 1972-1973
La temporada 1972-1973 situó a BENJAMÍN MORENO MÁRQUEZ delantero Real Madrid en el Real Madrid Juvenil A, el escalón superior dentro de la etapa juvenil, encuadrado en el grupo 1 y dirigido por Francisco Lacuesta Salazar, un técnico que ponía especial énfasis en la comprensión global del juego y en la preparación del futbolista para el salto definitivo hacia categorías amateur y semiprofesionales.
El equipo terminó la temporada como subcampeón, en una liga muy competida donde cada partido se disputaba con una intensidad creciente, porque muchos jugadores sabían que esa categoría funcionaba como escaparate decisivo, un lugar donde se definían las posibilidades reales de avanzar hacia el Real Madrid Amateur, el Castilla o hacia otros clubes que observaban el rendimiento de los canteranos.
En este contexto, Moreno se enfrentó a defensas más fuertes, más rápidas y más curtidas, lo que le obligó a dar un salto cualitativo en su toma de decisiones, ya que no podía permitirse controles largos, conducciones innecesarias ni desmarques mal coordinados, porque cada error encontraba respuesta inmediata en forma de pérdida de balón o contraataque rival.
Los entrenamientos con Francisco Lacuesta Salazar se centraban en unir la táctica colectiva con la responsabilidad individual, insistiendo en la importancia de que cada jugador entendiera no solo su posición, sino también las estructuras que generaba el equipo en fase ofensiva y defensiva, algo que encajó bien con la evolución de Moreno, que ya había demostrado capacidad para interpretar el juego más allá del área.
El delantero jienense empezó a utilizar con más frecuencia movimientos de apoyo entre líneas, apareciendo como un enlace entre la medular y la delantera, tirando paredes rápidas, descargando el balón hacia la banda y atacando de nuevo el espacio interior, de modo que su intervención no se limitara a la última acción, sino que cobrara relevancia en la gestación de la jugada.
El subcampeonato del grupo 1 dejó un sabor agridulce en el vestuario, porque el equipo había demostrado nivel para luchar por el título hasta el final, pero también reforzó la sensación de que aquella generación sabía competir bajo presión, algo que para Moreno resultó fundamental, ya que confirmó su capacidad para sostener su rendimiento en partidos decisivos.
En algunos encuentros, el Juvenil A debió remontar resultados adversos, y en esos momentos Moreno destacó por su insistencia, por su manera de seguir ofreciéndose como línea de pase, aun cuando el partido se torcía, demostrando un carácter que los técnicos apreciaban, porque el delantero que no se esconde en la dificultad se convierte en referencia silenciosa para sus compañeros.
La mirada de los responsables de la cantera se volvía más constante en esta etapa, y cada informe sobre Moreno incluía no solo datos sobre goles o asistencias, sino también valoraciones sobre su actitud, su capacidad de adaptación a diferentes sistemas y su predisposición para trabajar en beneficio del equipo, elementos que influirían en la decisión de situarlo en el siguiente peldaño: el Real Madrid Amateur.
Real Madrid Amateur: contacto directo con el fútbol de hombres
La temporada 1973-1974 llevó a BENJAMÍN MORENO MÁRQUEZ delantero Real Madrid al Real Madrid Amateur, el primer escenario donde el fútbol adquirió un tono abiertamente adulto, con partidos más físicos, rivales con experiencia acumulada y un ritmo de juego en el que la teoría aprendida en los juveniles debía traducirse en eficacia bajo presión real, con menos margen para el error y mayor dureza en cada duelo.
De nuevo bajo la dirección de Juan Santisteban Troyano, el equipo cerró la campaña en sexta posición, una clasificación que reflejó la irregularidad lógica de un grupo en transición, formado por futbolistas que, como Moreno, procedían de la base y buscaban adaptarse a un fútbol donde la contundencia y el oficio rival podían desnivelar partidos aparentemente controlados.
En este nivel, Moreno se encontró con defensas acostumbrados a utilizar el cuerpo como herramienta principal, a temporizar los saltos, a provocar errores mediante pequeños contactos, a manejar los tiempos del partido a través de interrupciones constantes, lo que le obligó a reforzar su fortaleza física y a aprender a proteger mejor el balón con la espalda y los brazos.
Los entrenamientos se cargaron de contenido físico, con sesiones de resistencia, trabajo de fuerza y ejercicios orientados a soportar el contacto, pero siempre integrados con la idea táctica del club, que exigía que incluso en categorías amateur el equipo mantuviera un estilo reconocible, basado en la circulación de balón, la salida limpia desde atrás y la presión organizada tras pérdida.
En ese escenario, Moreno comenzó a trabajar su faceta de delantero capaz de fijar centrales, de aguantar balones directos para que el equipo adelantara líneas, de pelear cada balón dividido y de convertirse en referencia en ataques posicionales, sin renunciar a su movilidad, pero asumiendo que el fútbol de hombres pedía también sacrificio físico y mental constante.
El Real Madrid Amateur funcionaba como un laboratorio donde se medía la capacidad de los canteranos para competir fuera del contexto protegido de los juveniles, y desde ahí se decidían muchas cesiones hacia clubes regionales y de Tercera División, una dinámica que terminaría afectando directamente a Moreno, abriéndole la puerta a su primera etapa lejos del entorno blanco.
C.D. Cieza: cesiones en la Región de Murcia y crecimiento silencioso
Las temporadas 1974-1975 y 1975-1976 situaron a Moreno en el C.D. Cieza, en la Regional Preferente Murciana, en calidad de cedido, lo que supuso su primera gran experiencia fuera de la estructura directa del Real Madrid, en un club donde se valoraba su formación en la cantera blanca, pero donde también se esperaba que se adaptara a una realidad muy distinta en cuanto a medios, contexto y exigencias específicas.
En Cieza, el delantero jienense se encontró con campos más irregulares, vestuarios más modestos y un tipo de fútbol que, aunque mantenía la pasión por el juego, ponía el foco en objetivos como la permanencia, los ascensos locales y el orgullo por competir contra rivales históricos de la región, todo ello aglutinado en un ambiente cercano, donde la afición conocía a cada jugador.
El salto desde la cantera del Real Madrid a la Regional Preferente Murciana no supuso una bajada de nivel competitivo en términos de intensidad, sino un cambio radical en la forma de vivir el fútbol, porque en Cieza la dimensión humana pesaba tanto como la deportiva, y Moreno debió aprender a convertirse en referente silencioso para compañeros que quizás no habían pasado por estructuras de élite.
En el terreno de juego,Moreno aprovechó el bagaje táctico acumulado en Madrid para ofrecer soluciones en ataque organizado, entendiendo que su experiencia podía ayudar al equipo a mejorar la lectura de los partidos, a gestionar mejor los tiempos y a encontrar ventajas mediante movimientos sin balón que confundieran a defensas menos acostumbrados a enfrentarse a delanteros formados en canteras de máximo nivel.
Esos años en Cieza añadieron capas de madurez a su perfil, porque le enseñaron a competir lejos de los focos, a mantener la ambición aun cuando el entorno no tuviera la infraestructura del Real Madrid, y a valorar cada minuto disputado como un paso más en una carrera que empezaba a dibujarse desde la constancia, la adaptación y la aceptación de un camino menos mediático.
C.D. Valdepeñas: tres temporadas en el corazón de Tercera
Tras su etapa murciana,Moreno continuó su recorrido en el C.D. Valdepeñas, club castellano-manchego con tradición en el fútbol modesto, donde militó durante las temporadas 1977-1978, 1978-1979 y 1979-1980, todas ellas en Tercera División, lo que consolidó su presencia en una categoría que actuaba como punto de encuentro entre jóvenes con aspiraciones y veteranos de mil batallas.
En Valdepeñas, el delantero jienense encontró un contexto competitivo duro, con viajes constantes, campos variados y rivales que se jugaban mucho en cada jornada, ya fuese un ascenso, una permanencia o el prestigio de mantener al club en buen lugar dentro del fútbol regional, lo que convertía cada partido en una prueba de carácter.
El club valoró la experiencia de Moreno en la cantera del Real Madrid, aprovechando su capacidad para ordenar el ataque, para ofrecerse como referencia en el juego directo y para interpretar los momentos en los que convenía pausar la jugada o acelerar hacia el área, siempre con la mentalidad de un futbolista acostumbrado a pensar el partido más allá de la acción individual.
Durante esas tres temporadas, Moreno afianzó su identidad como delantero completo de Tercera, capaz de aportar trabajo defensivo, juego asociativo y presencia en el área, aunque las estadísticas detalladas de goles y participaciones no aparezcan con precisión en los registros de la época, algo habitual en categorías donde la documentación resultaba menos exhaustiva que en las divisiones superiores.
El C.D. Valdepeñas se convirtió así en un capítulo fundamental de su carrera, porque le permitió acumular una cantidad significativa de minutos, encontrarse con distintas generaciones de compañeros, medir su fútbol contra centrales cada vez más expertos y consolidar un nivel que, con el tiempo, llamaría la atención de clubes como el C.D. Leganés, donde alcanzaría su etapa más reconocible.
C.D. Leganés: el lugar donde Moreno se convierte en referencia
La temporada 1980-1981 marcó el inicio de una etapa decisiva para Moreno, con su llegada al C.D. Leganés, club madrileño que por entonces competía en Tercera División, y donde el delantero de Guarromán se transformó en una pieza central durante varias temporadas consecutivas, convirtiéndose en uno de los futbolistas más emblemáticos de la historia temprana de la entidad.
Entre 1980-1981 y 1984-1985, Moreno vistió la camiseta del C.D. Leganés en Tercera División, acumulando 168 partidos oficiales y 52 goles, cifras que reflejan no solo su capacidad goleadora, sino también su continuidad y su peso dentro del equipo, algo que la afición valoró hasta convertirle en una figura muy querida.
El C.D. Leganés vivía años de lucha por consolidarse, y en ese contexto la presencia de un delantero con formación en la cantera del Real Madrid ofreció un salto de calidad en la forma de interpretar los partidos, porque Moreno sabía manejar los tiempos de los encuentros, entender cuándo bajar a recibir y cuándo fijar a los centrales, y gestionar, junto al cuerpo técnico, la manera de explotar las debilidades del rival.
La conexión con la afición pepinera nació de algo más que los goles, porque Moreno representaba el tipo de jugador que se deja la piel en cada lance, que disputa balones aparentemente imposibles, que se levanta tras cada entrada dura y que acepta la dureza de la categoría como parte inherente al oficio, sin que eso le haga renunciar a los detalles de calidad que todavía llevaba en el repertorio. [
En el Leganés de aquellos años, el delantero jienense se ganó el apodo de jugador histórico, y con el tiempo incluso se le asoció con elementos populares como la célebre porra Moreno, muestra del vínculo especial que estableció con el entorno del club, que no se limitaba a los noventa minutos, sino que se extendía a la vida social que rodeaba a la entidad madrileña.
Las temporadas se sucedieron con el equipo peleando en la parte noble de la tabla o en posiciones de pelea intensa, y en todas ellas Moreno mantuvo una aportación constante, sin grandes altibajos, asumiendo que en un club de ese tamaño el margen para los días malos resultaba reducido, porque cada punto tenía valor en proyectos deportivos que manejaban recursos ajustados.
La constancia goleadora del delantero, con esos 52 tantos repartidos a lo largo de su etapa pepinera, dejó una marca que los registros recogieron y que la memoria de los aficionados consolidó, hasta el punto de que, décadas después de su retirada, su nombre sigue apareciendo entre las referencias obligadas cuando se habla de la historia del C.D. Leganés.
C.D. Móstoles y C.F. Fuenlabrada: los últimos pasos en Tercera
Tras cerrar su ciclo en Leganés, Moreno continuó su trayectoria en clubes madrileños de Tercera División, empezando por el C.D. Móstoles en la temporada 1985-1986, donde aportó su experiencia y su conocimiento de la categoría a un equipo que buscaba afirmarse en ligas siempre competidas, con rivales duros y escenarios exigentes.
En Móstoles, el delantero de Guarromán se encontró con un vestuario en el que su figura tenía un peso claro, porque llegaba como futbolista con recorrido amplio en Tercera y con el prestigio acumulado en Leganés, lo que le permitió ejercer un liderazgo discreto, basado en el ejemplo y en la forma de afrontar los partidos complicados.
La temporada 1986-1987 le llevó al C.F. Fuenlabrada, también en Tercera División, donde cerró el ciclo de su carrera conocida en el fútbol español, completando un recorrido que había comenzado en la cantera del Real Madrid y que, tras pasar por distintos clubes, le situaba como uno de esos delanteros que, sin ocupar portadas nacionales, dejaron huella profunda en el fútbol de base y en los aficionados de varios municipios.
En Fuenlabrada, Moreno aportó lo que sabía que podía ofrecer en esa fase de su vida deportiva: oficio, lectura de los partidos, capacidad para aguantar el balón cuando el equipo lo necesitaba y un compromiso incuestionable con el escudo de turno, que en su caso siempre recibió el mismo nivel de entrega, viniera precedido del nombre del Real Madrid o del de un club más humilde.
Esos últimos años en Móstoles y Fuenlabrada representaron el tramo final de un camino largo, donde el delantero jienense consolidó su perfil como futbolista de Tercera que conocía cada truco de la categoría, cada campo difícil, cada rival con el que se había cruzado una y otra vez, en un tejido competitivo que sostiene buena parte de la estructura del fútbol español.
El legado de Moreno: de Guarromán a la memoria del Leganés
El legado de BENJAMÍN MORENO MÁRQUEZ delantero Real Madrid, se construye sobre una combinación poderosa de elementos: la formación exigente en la cantera del Real Madrid, el trabajo constante en clubes de Tercera y regional, y el vínculo especial con entidades como el C.D. Leganés, donde se convirtió en uno de los máximos referentes históricos del club durante los años ochenta.
Su paso por las categorías juveniles del Real Madrid y por el Real Madrid Amateur demuestra cómo la Fábrica no solo produce futbolistas que llegan al primer equipo, sino también jugadores que exportan esa cultura de trabajo, disciplina y comprensión del juego a decenas de clubes repartidos por toda la geografía española, enriqueciendo la competitividad de categorías como la Tercera División.
En clubes como Cieza, Valdepeñas, Leganés, Móstoles y Fuenlabrada, Moreno representó el arquetipo del canterano de élite que, aun sin triunfar en el escenario mayor del club donde se formó, construyó una carrera sólida, honesta y respetada, demostrando que el éxito en el fútbol adopta formas muy diversas, más allá de la presencia constante en los grandes medios.
Para la afición del C.D. Leganés, su nombre forma parte ya de la memoria afectiva, asociado a goles importantes, a tardes de esfuerzo innegociable y a una manera de entender el fútbol que unía la calidad con el sacrificio, hasta el punto de que el club ha resaltado en varias ocasiones su importancia histórica, describiéndolo como uno de los grandes ídolos de la entidad en aquellos años.
Mirar la carrera de Moreno es observar el recorrido de un niño de Guarromán que salió de un pueblo pequeño para integrarse en la cantera del Real Madrid, que entendió la dureza de la competencia interna, que aceptó las cesiones como parte necesaria del camino y que terminó dejando huella allí donde jugó, especialmente en Leganés, donde las estadísticas y los recuerdos coinciden al señalarlo como uno de sus grandes delanteros.
Su historia, tejida entre campos de entrenamiento de la Ciudad Deportiva y terrenos de juego modestos de Tercera, entre viajes largos en autobús y tardes de gloria local, ofrece un retrato muy nítido de lo que significa ser futbolista en España más allá de la élite, y explica por qué nombres como el suyo siguen apareciendo cuando se habla de la memoria verdadera del fútbol, esa que se sostiene en barrios, pueblos y aficiones que nunca olvidan a quienes defendieron sus colores con honestidad.

1970-1971 Real Madrid Juvenil C
Arriba, GALINDO (José Pedro Galindo), LASAUCA (Armando Lasauca), TORREJÓN (José Pedro Torrejón), REAL (Víctor Real), CASTELLANOS (Juan Emilio Castellanos Macua), CAMPOS (Emlio Campos), TORRES (Antonio Torres), GARCÍA BUENO (Lisardo García Bueno)
Abajo, CALLES (Rafael Calles), GARCÍA RUBIO (Carlos García Rubio), MATÉ (Francisco Ramón Maté Rodríguez), BLÁZQUEZ (Luis Miguel Blázquez Rofso), GARCÍA CASTRO (José Manuel García Castro), PASCUAL (Francisco Pascual Bermejo), GONZÁLEZ (Juan González León), MORENO (Benjamín Moreno Márquez)


