CARLOS LOZA HERAS centrocampista Real Madrid

Carlos Loza Heras, centrocampista de la cantera del Real Madrid que unió la promesa del Real Madrid Amateur, la disciplina del fútbol regional y la resistencia competitiva de una carrera larga entre Pegaso, Logroñés, Peña Azagresa y San Adrián

La historia de CARLOS LOZA HERAS centrocampista Real Madrid reúne cantera, aprendizaje, cesiones, continuidad y una larga vida competitiva lejos del foco principal, dentro de ese territorio donde los centrocampistas construyen partidos, sostienen equipos y convierten el oficio diario en una forma de permanencia.

  • Nombre completo: Carlos Loza Heras.
  • Demarcación: centrocampista.
  • Nacimiento: 11 de septiembre de 1952, en Baños de Río Tobía (La Rioja).
  • Dato de trayectoria localizado: una referencia biográfica riojana resume su paso por Real Madrid Amateur, C.D. Pegaso, C.D. Logroñés, C.D. Peña Azagresa y C.D. San Adrián.
  • Dato de cantera aportado: jugó en el Real Madrid Amateur en la temporada 1972-1973, curso en el que el equipo terminó subcampeón con Juan Santisteban Troyano como entrenador.

Un centrocampista para contar el fútbol que sostiene la memoria

Hablar de Carlos Loza Heras no significa entrar en la biografía de un futbolista construido por la fama masiva, sino en la de un jugador muy útil para comprender cómo funcionaba el fútbol español de formación, de tránsito y de arraigo competitivo durante los años setenta y ochenta. Ese tipo de trayectorias, menos visibles para el gran público, conserva una riqueza enorme porque explica cómo muchos futbolistas atravesaron la cantera de grandes clubes, buscaron su sitio en otras entidades y terminaron dejando huella a base de constancia, comprensión táctica y resistencia cotidiana.

El centrocampista, además, ocupa una posición privilegiada para, porque en el mediocampo se cruzan casi todas las tensiones del juego. Allí se decide el ritmo, se corrigen desequilibrios, se distribuyen apoyos, se cambia la orientación y se sostiene la respiración colectiva del equipo. El jugador que logra competir durante años en esa zona demuestra algo más que técnica: demuestra lectura, disciplina interior y capacidad para vivir el partido desde la inteligencia.

Por eso la figura de Loza resulta especialmente sugerente. Su paso por el Real Madrid Amateur, su relación con el C.D. Pegaso, su presencia en el C.D. Logroñés y la gran continuidad posterior en la Peña Azagresa y en el C.D. San Adrián dibujan una carrera que permite hablar, al mismo tiempo, de cantera blanca, de fútbol riojano, de categorías regionales y de la vida profunda del mediocampista español.

Baños de Río Tobía y la raíz de un futbolista que nace lejos del escaparate

Nacer en Baños de Río Tobía, en La Rioja, sitúa simbólicamente a Carlos Loza Heras en una tradición muy reconocible del fútbol español, la de los jugadores que parten desde entornos alejados del foco nacional y ascienden mediante formación, esfuerzo y adaptación a realidades competitivas distintas. Esa distancia inicial respecto del gran escaparate no empobrece la historia, sino que la vuelve más humana y más representativa de lo que fue el fútbol español durante décadas.

Los futbolistas nacidos en localidades pequeñas o medianas solían crecer con una relación muy directa con el juego. El balón formaba parte de la vida diaria, el aprendizaje nacía a menudo de la repetición espontánea y la identidad competitiva se construía en un ecosistema donde el fútbol no era un gran negocio, sino una aspiración compartida, una disciplina vecinal y una manera de medir el carácter.

Cuando un muchacho con condiciones para el centro del campo salía de ese entorno y alcanzaba estructuras de mayor nivel, como la órbita del Real Madrid, el viaje tenía una profundidad especial. No se trataba sólo de cambiar de club. También implicaba entrar en una cultura nueva, asumir una exigencia diaria mucho mayor y aprender a traducir el talento inicial en oficio real.

El centrocampista como puesto de inteligencia y de equilibrio

Para entender bien la carrera de Loza, conviene detenerse en la naturaleza del centrocampista de su tiempo, porque el medio del campo de los años setenta no respondía exactamente a los mismos códigos del juego actual. El centrocampista debía ser, antes que nada, un futbolista capaz de interpretar el ritmo del partido, de sostener la posesión cuando el equipo necesitaba calma y de acelerar con criterio cuando aparecía la ventaja.

El mediocampo era, y sigue siendo, una zona donde se castiga mucho la confusión. El jugador que recibe mal perfilado, el que llega tarde a la ayuda o el que pasa por pasar sin leer la situación genera un daño silencioso que luego aparece en todo el equipo. Por eso los centrocampistas con recorrido suelen ser futbolistas muy formados en hábitos: control orientado, mirada antes de recibir, uso inteligente del cuerpo, lectura de la presión y comprensión del espacio que pisan los compañeros.

Un jugador que pudo moverse entre cantera de élite, fútbol regional y largos años de continuidad posterior tuvo que reunir varias de esas cualidades. Aunque no tengamos una ficha estadística completa de cada curso, el mero arco temporal de la carrera de Carlos Loza Heras ya sugiere un centrocampista con disciplina, adaptación y capacidad para seguir siendo útil en contextos cambiantes.

La cesión al C.D. Pegaso y el valor de competir pronto fuera del nido

La temporada 1971-1972 coloca a Carlos Loza Heras en el C.D. Pegaso, dentro de la Primera Regional Castellana y en condición de cedido, un detalle que dice bastante sobre la lógica de su aprendizaje. La cesión, sobre todo en jugadores jóvenes, funciona como una prueba de madurez. Saca al futbolista del marco protector de su formación, lo obliga a resolver situaciones reales en un entorno distinto y le exige producir rendimiento sin el colchón simbólico que ofrece el gran club.

Para un centrocampista, esta experiencia temprana tiene un valor enorme. El mediocentro o interior necesita tiempo de juego para aprender el ritmo de los partidos adultos, la presión de los rivales veteranos, la dureza del contacto y la importancia de decidir bien bajo estrés. No basta con tener calidad. Hay que saber usarla cuando el encuentro se ensucia, cuando el rival aprieta y cuando la solución fácil puede comprometer al equipo.

El Pegaso aparece aquí como un espacio de aprendizaje real, donde Loza pudo adquirir una parte decisiva del oficio que luego necesitó para competir en escalones superiores. Ese tipo de cesiones no siempre luce en la narración superficial, pero suele dejar una huella fuerte en el jugador que más tarde sabe sostener el partido desde la serenidad.

El Real Madrid Amateur como confirmación de un potencial serio

La campaña 1972-1973 sitúa a CARLOS LOZA HERAS centrocampista Real Madrid en el Real Madrid Amateur, punto de mayor conexión con la cantera blanca. Ese paso no debe entenderse como una anécdota dentro del currículum, sino como una validación importante del camino recorrido hasta entonces. Llegar al Real Madrid Amateur significaba entrar en una estructura de alta exigencia, donde el jugador competía bajo el peso simbólico del escudo y bajo la mirada de una organización acostumbrada a seleccionar mucho y tolerar poco la comodidad.

Que el equipo acabara subcampeón en aquella temporada aporta además una información muy valiosa sobre el contexto competitivo. Un conjunto que pelea arriba obliga a sus centrocampistas a convivir con una tensión especial, porque deben manejar partidos cerrados, controlar el ritmo frente a rivales muy motivados y sostener la identidad del equipo incluso cuando el entorno intenta precipitarlo.

En ese tipo de equipos, el centrocampista se convierte en un termómetro. Si juega con claridad, el bloque respira. Si pierde el control interior, el equipo se parte. Esa responsabilidad convierte el paso de Carlos Loza Heras por el Real Madrid Amateur en un episodio muy relevante, aunque no dispongamos de una crónica completa de cada encuentro.

1972-1973 Real Madrid Amateur, 27/08/1972, A Guarda (Estadio de El Tecla), Amistoso por el traspaso de Salvador Iglesias Lago “Vita”, vs Sporting Guardés

Arriba, CORRAL (Pedro Corral Revuelta) (primer equipo), GABILONDO (José Manuel Gabilondo Tolosa), BELTRÁN (José Francisco Beltrán Albalate), SÁNCHEZ MARCOS (Jesús Sánchez Marcos), BALLESTER (Francisco Ballester Enguix) (primer equipo), FERNÁNDEZ (Adolfo Fernández Vázquez) (primer equipo), MINGO (Luis Mariano Mingo Fernández), PASCUAL (Antonio Pascual Pascual).

Abajo, LÓPEZ (Juan Manuel López García), SEPTIÉN (Francisco José Septién de la Cuerda), RUFO (Miguel Rufino Rivas), ARIZMENDI (-), SALGADO (Santiago Salgado Briceño), LOZA (Carlos Loza Heras).

Juan Santisteban y la educación del mediocentro en la cantera blanca

La figura de Juan Santisteban Troyano, entrenador del Real Madrid Amateur en la temporada 1972-1973 según los datos aportados, añade profundidad al relato porque remite a una tradición muy concreta de formación dentro del fútbol español. Un técnico de cantera no sólo pretende ganar partidos. También enseña a competir, pule hábitos, corrige defectos estructurales y ayuda al futbolista a comprender que el rendimiento nace de la repetición bien hecha.

Para un centrocampista, trabajar bajo un entrenador formativo y exigente podía resultar decisivo. El mediocampista necesita mejorar la orientación corporal, la capacidad para perfilarse entre líneas, la lectura de cuándo ofrecer apoyo corto y cuándo romper la secuencia con un pase más vertical. También debe comprender la defensa sin balón, porque el centro del campo vive tanto del pase como de la vigilancia.

En ese entorno, Loza debió convivir con una pedagogía del detalle, con la obligación de pensar más rápido y con un nivel de exigencia diaria que dejaba huella incluso en quienes luego hacían buena parte de su carrera fuera del primer plano. La cantera del Real Madrid no sólo fabricaba nombres célebres. También moldeaba profesionales serios.

Qué significaba ser centrocampista en el fútbol español de los setenta

El mediocampo de los años setenta combinaba elementos de oficio clásico con necesidades modernas en gestación. El centrocampista debía intervenir mucho, pero no necesariamente desde una posesión larga y académica como la que años después adquiriría mayor prestigio. A menudo tenía que recibir de espaldas, girarse bajo presión, sostener el balón lo justo y conectar rápido con zonas de avance o con apoyos más seguros, según pidiera el partido.

En categorías no plenamente profesionales, el centro del campo era también una zona de choque. Allí se acumulaban disputas, segundas jugadas, recepciones tensas y balones divididos que exigían personalidad. El jugador que desaparecía de ese circuito dejaba al equipo sin respiración. El que lo sostenía, en cambio, daba orden incluso sin grandes alardes.

Por eso el centrocampista de carrera larga no suele ser un mero técnico elegante. Necesita cuerpo, lectura, sentido de la pausa y capacidad para decidir rápido cuando el juego le reduce el tiempo. La trayectoria de Carlos Loza Heras invita a imaginar precisamente a un jugador hecho para esa complejidad, un mediocampista capaz de ayudar al equipo desde la inteligencia más que desde el adorno.

Del Real Madrid Amateur de vuelta al Pegaso: crecer también es saber volver

Tras la experiencia en el Real Madrid Amateur, Loza vuelve al C.D. Pegaso en las campañas 1973-1974 y 1974-1975, ya en Tercera División, y esa secuencia resulta muy interesante desde el punto de vista narrativo. A veces se piensa que la carrera del futbolista sólo progresa cuando cada estación parece más brillante que la anterior, pero en realidad muchos jugadores crecen de forma compleja, avanzando y regresando a espacios donde pueden competir, afirmarse y convertir el aprendizaje recibido en rendimiento concreto.

El regreso al Pegaso puede leerse, por tanto, como una etapa de aplicación. El centrocampista ya no vive únicamente de la promesa o del potencial que lo llevó al entorno del Real Madrid. Ahora debe demostrar, con más continuidad, que puede gobernar partidos, asumir más responsabilidad y rendir en un equipo con necesidades muy concretas.

La Tercera División de aquellos años pedía al mediocampo una enorme capacidad de adaptación. Los partidos variaban mucho según el campo, el rival y el clima competitivo. A veces tocaba elaborar más; a veces había que sobrevivir a un encuentro trabado; a veces el balón pasaba muchas veces por arriba y el centrocampista debía recoger rechaces, reordenar al equipo y decidir el segundo pase, que en estas categorías suele tener un valor estratégico enorme.

La Tercera División como escuela definitiva del oficio

La Tercera División no era, en el fútbol español de entonces, un territorio menor en términos de aprendizaje. Al contrario, funcionaba como una escuela definitiva del oficio, porque reunía talento en maduración, jugadores curtidos, campos muy distintos y una mezcla constante de fútbol pensado y fútbol sufrido. Para un centrocampista, ese escenario enseñaba a leer el partido de verdad.

El mediocentro o interior de Tercera debía dominar algo esencial: la administración del caos. Tenía que reconocer cuándo el equipo necesitaba calma, cuándo convenía acelerar, cuándo la jugada pedía un pase simple y cuándo merecía la pena asumir riesgo. El jugador que elegía bien en ese paisaje se volvía muy útil. El que jugaba por inercia solía desaparecer.

Un futbolista como Carlos Loza Heras, que enlazó cantera blanca con varias experiencias posteriores de larga duración, debió absorber muy bien esa enseñanza. Su carrera sugiere un tipo de centrocampista hecho para la adaptación y para el trabajo serio, más que para el lucimiento ocasional.

El paso por el C.D. Logroñés y el regreso a la identidad riojana

La temporada 1975-1976 lleva a Loza al C.D. Logroñés, un movimiento que añade un matiz especial a la historia porque conecta su formación madrileña con una vuelta parcial al territorio riojano. Este tipo de paso suele tener una carga futbolística y personal importante. El jugador no sólo cambia de camiseta. También entra en un contexto donde su identidad regional puede adquirir un sentido nuevo y donde su fútbol se pone al servicio de un club con arraigo y memoria propia.

La referencia pública localizada sobre su trayectoria incluye precisamente su paso por el Club Deportivo Logroñés, lo que confirma que ese episodio formó parte real del arco de su carrera.

Para un centrocampista, llegar a un club así suponía asumir otra forma de responsabilidad. El mediocampo debía ser el lugar donde se mezclaban esfuerzo, criterio y vínculo con la identidad del equipo. Un jugador con formación fuerte y experiencia en la cantera blanca podía aportar precisamente eso: orden competitivo, mejor lectura del partido y una cultura de entrenamiento sólida.

El centrocampista y el ritmo: la ciencia de acelerar o frenar

Uno de los grandes temas del puesto, y uno de los más útiles, es el control del ritmo. El centrocampista valioso no sólo toca bien el balón. También sabe cuándo el partido pide pausa y cuándo exige una acción vertical que rompa la monotonía. Esa capacidad, difícil de medir con números, define a muchos mediocampistas de larga utilidad.

Frenar el partido bien no significa jugar lento por sistema. Significa conservar la posesión cuando el equipo necesita volver a colocarse, elegir un pase limpio que quite ansiedad y permitir que el bloque respire. Acelerar bien tampoco significa rifar el balón. Significa detectar el momento donde una conducción, una pared o un envío al espacio pueden convertir el orden rival en desequilibrio.

El centrocampista que aprende esa ciencia pequeña se vuelve imprescindible para cualquier entrenador serio. Y una carrera prolongada como la de Carlos Loza Heras, especialmente en sus muchos años posteriores, parece pedir justamente esa clase de jugador: uno que entiende el pulso del encuentro y que sabe servir al equipo más allá del brillo superficial.

La larga etapa en la Peña Azagresa y el valor inmenso de la continuidad

Desde 1976-1977 hasta 1984-1985, Loza aparece vinculado al C.D. Peña Azagresa, una continuidad extraordinariamente reveladora, porque en el fútbol la duración nunca es un accidente completo. Permanecer tantas temporadas en un mismo entorno suele indicar confianza mutua, utilidad sostenida y una relación profunda entre el jugador, el vestuario, el estilo del club y la comunidad que lo rodea.

En el caso de un centrocampista, esa permanencia tiene todavía más significado. El mediocampo es la zona donde antes se perciben los altibajos del futbolista. Si un jugador pierde claridad, ritmo o disciplina táctica, el equipo lo acusa enseguida. Por eso sostenerse durante muchos años sugiere un perfil serio, fiable y capaz de adaptarse a compañeros, rivales y entrenadores distintos sin perder su valor central.

La Peña Azagresa se convierte así en el gran hogar competitivo de Carlos Loza Heras. Allí debió ejercer un papel cada vez más maduro, más ligado al gobierno emocional del equipo, a la distribución del juego y a esa pedagogía silenciosa que los centrocampistas veteranos ofrecen a los más jóvenes sin necesidad de grandes discursos.

Qué aporta un centrocampista veterano a un equipo modesto

Cuando el paso de los años transforma al futbolista, el centrocampista inteligente suele ganar valor en aspectos que a veces el espectador casual no percibe de inmediato. El veterano mejora la elección del pase, se coloca antes, entiende dónde va a caer la segunda jugada y administra mejor la energía, porque ya no pretende resolver el partido sólo desde el esfuerzo, sino desde la interpretación.

En equipos modestos o de fuerte identidad local, ese tipo de jugador resulta fundamental. Ayuda a ordenar a los más jóvenes, frena momentos de precipitación, reduce pérdidas evitables y conecta las líneas cuando el encuentro parece enredarse. El centrocampista veterano también enseña una ética del juego, hecha de calma, repetición y lectura, que a menudo vale tanto como cualquier gesto técnico vistoso.

La larga presencia de Loza en la Peña Azagresa invita a pensar precisamente en esa figura. Un mediocampista que, con los años, deja de ser sólo un ejecutor y se convierte en una referencia interior para el equipo.

La táctica del mediocampo en el fútbol regional y semiprofesional

El fútbol regional y semiprofesional exigía a los centrocampistas una versatilidad especial. No siempre había un plan tan rígido como en estructuras más profesionalizadas, de modo que muchas veces el mediocampo debía corregir desórdenes sobre la marcha. El interior bajaba a ayudar, el mediocentro se incrustaba cerca de la defensa, el jugador más creativo debía también presionar y el esfuerzo táctico nacía en gran medida del entendimiento mutuo.

En ese contexto, el centrocampista bueno no era sólo el de mejor técnica, sino el que mejor entendía el partido concreto. Había encuentros donde convenía cargar por fuera y llegar al rechace. Otros exigían juego más directo. Otros pedían juntar pases para quitar agresividad al rival. El mediocampo, como cerebro del equipo, debía identificar cada necesidad con rapidez.

Un jugador con larga vida en esas categorías desarrollaba inevitablemente una inteligencia flexible. Aprendía a interpretar distintos estilos de compañeros, distintas superficies y distintas velocidades de encuentro. Esa flexibilidad es una de las claves más verosímiles para explicar la duración competitiva de Carlos Loza Heras.

El centrocampista y el trabajo sin balón

Hay una trampa frecuente en las biografías de mediocampistas: presentar al jugador sólo a través del balón, como si el puesto consistiera únicamente en pasar, organizar y aparecer en las jugadas vistosas. Sin embargo, el trabajo sin balón define tanto o más el valor real del centrocampista. El jugador del medio debe cerrar líneas de pase, bascular con el equipo, saltar a la presión en el momento adecuado y entender cuándo conviene proteger por detrás del balón en vez de ir a por él con ansiedad.

Ese conocimiento defensivo distingue al centrocampista completo del jugador que sólo participa cuando el equipo tiene la posesión. En los años setenta y ochenta, donde abundaban los partidos quebrados, las transiciones más directas y los escenarios físicamente exigentes, esa faceta resultaba decisiva. El mediocampista tenía que trabajar mucho para evitar que el conjunto se partiera.

Si Loza pudo mantenerse tantos años compitiendo, debió manejar bien ese plano invisible del juego. La continuidad larga del centrocampista casi siempre nace de ahí: de servir al equipo también cuando la pelota pertenece al otro.

El valor del arraigo en una carrera extensa

La historia de Carlos Loza Heras muestra además otra dimensión muy importante del fútbol español de aquellas décadas: el arraigo. Muchos futbolistas no construían su carrera a través de saltos continuos de mercado, sino mediante vínculos largos con clubes concretos, con ciudades determinadas y con entornos donde su figura adquiría un peso real. Ese arraigo ofrecía estabilidad, pertenencia y una forma muy valiosa de autoridad deportiva.

En un club donde el jugador permanece muchos años, el vestuario lo conoce, la afición lo reconoce y el equipo aprende a confiar en su manera de competir. El futbolista ya no aporta sólo sus acciones directas. También aporta continuidad, memoria y una cultura interna que ayuda a que el grupo no empiece de cero cada temporada.

Ese parece ser el caso de Loza en su larguísima etapa navarra y posterior, porque la permanencia no sólo habla de rendimiento. También habla de encaje humano y de una relación buena entre el jugador y el ecosistema donde compite.

Del paso del tiempo a la última etapa en el C.D. San Adrián

La secuencia final de la carrera sitúa a Carlos Loza Heras en el C.D. San Adrián entre 1984 y 1986, una fase que adquiere un sentido especial cuando se la mira desde la lógica del futbolista veterano. El tramo final no siempre representa decadencia. En muchos casos, expresa madurez, transmisión y continuidad de una pasión ya convertida en hábito vital.

El centrocampista veterano que llega a esta etapa ofrece algo distinto al joven prometedor del inicio. Quizá ya no impone el mismo despliegue físico, pero suele compensarlo con pausa, colocación, lectura y liderazgo sereno. El juego del veterano tiende a la economía útil. Hace menos cosas vacías y más acciones con verdadero sentido competitivo.

En clubes de este perfil, un jugador así puede convertirse en una referencia enorme para el grupo. No necesita monopolizar el protagonismo. Basta con que ayude a entender el partido, con que enseñe a competir bien y con que transmita una forma responsable de vivir el fútbol.

La cantera del Real Madrid como marca de formación, no sólo de fama

Uno de los aspectos más interesantes consiste en subrayar que la cantera del Real Madrid no debe valorarse únicamente por los futbolistas que llegaron a la máxima celebridad. También merece reconocimiento por todos los jugadores que recibieron allí una educación competitiva seria y luego llevaron esa huella a otros clubes y a otras categorías.

En el caso de un centrocampista, esa marca de formación suele reflejarse en varios rasgos: mejor relación con el balón, comprensión más clara del ritmo, disciplina en la ocupación de espacios y una cultura de entrenamiento que permite sostener la carrera durante más tiempo. La estancia de Loza en el Real Madrid Amateur forma parte de esa herencia invisible, que luego puede seguir viva en escenarios muy distintos del gran escaparate.

No hace falta convertirlo en un mito exagerado. Basta con mostrar cómo un futbolista formado en esa órbita prolongó el valor de aquella escuela en otros campos, otras camisetas y otras décadas.

Una vida de centro del campo entre la pausa, el orden y la persistencia

Si hubiera que resumir la figura futbolística de Carlos Loza Heras sería el de un centrocampista serio, disciplinado y hecho para la continuidad. Un jugador capaz de integrarse en sistemas distintos, de aportar equilibrio y de sostener durante años una utilidad competitiva que rara vez se consigue sin inteligencia táctica.

No parece la carrera de un mediocampista de fogonazo breve, sino la de un futbolista de largo recorrido, más cercano al oficio que al espectáculo, más útil para el equipo que para la estadística vistosa y más conectado con la permanencia que con el ruido. Ese tipo de jugador suele ser muy respetado por quienes comparten vestuario con él.

En esa imagen encajan muy bien sus etapas: el aprendizaje en Pegaso, la validación en el Real Madrid Amateur, la continuidad en Logroñés, el arraigo prolongado en la Peña Azagresa y la prolongación final en el C.D. San Adrián. Todo compone una figura reconocible dentro del fútbol español de verdad.

El valor de las carreras largas en el fútbol español

El recorrido de CARLOS LOZA HERAS centrocampista Real Madrid recuerda algo fundamental: el fútbol español no se construyó sólo desde las grandes capitales, ni sólo desde los nombres más repetidos, sino también desde cientos de trayectorias largas, resistentes y bien trabajadas que dieron consistencia al juego en categorías intermedias, regionales y semiprofesionales. En ese entramado, los centrocampistas con cultura táctica y vocación de permanencia ocuparon un papel decisivo.

El suyo es un ejemplo muy claro de esa tradición. Un jugador nacido en La Rioja, conectado con la cantera del Real Madrid, presente en un Real Madrid Amateur subcampeón y luego prolongado durante muchos años en clubes que representan el tejido verdadero del fútbol de comunidad, de vestuario y de continuidad.

Ahí reside el fondo de su historia. No en la exageración del mito, sino en la dignidad de una carrera larga, inteligente y útil, construida desde el centro del campo y sostenida por la misma virtud que define a muchos buenos futbolistas: entender el juego, servir al equipo y permanecer.

1972-1973 Real Madrid Amateur

De pie, ACEDO (José María Acedo Ramos), MINGO (Luis Mariano Mingo Fernández), GABILONDO (José Manuel Gabilondo Tolosa), SALGADO (Santiago Salgado Briceño), SÁNCHEZ (Jesús Sánchez Marcos), BELTRÁN (José Francisco Beltrán Albalate).

Agachados, GONZÁLEZ (Francisco González Ortiz), SEPTIÉN (Francisco José Septién de la Cuerda), LOZA (Carlos Loza Heras), VITORIA (Alberto Vitoria Soria), LÓPEZ (Juan Manuel López García)

1972-1973 Real Madrid Amateur, 14/08/1972, Egea de los Caballeros, I Trofeo Virgen del Pilar (Zaragoza), vs C.D. CALVO SOTELO DE ANDORRA

De pie, PASCUAL (Antonio Pascual Pascual), BALLESTER (Juan Luis Ballester Enguidanos), GABILONDO (José Manuel Gabilondo Tolosa), HEREDIA (José Heredia Jiménez), x, BELTRÁN (José Francisco Beltrán Albalate), ARIZMENDI (-), RUFO (Miguel Rufino Rivas), SERGIO (José Sergio Fernández Romero).

Agachados, LÓPEZ (Juan Manuel López García), GARRIDO (Florencio Garrido Asenjo), LOZA (Carlos Loza Heras), ORTEGA (Antolín Ortega García), SÁNCHEZ MARCOS (Jesús Sánchez Marcos), HERRERITOS (Joaquín Herreros Sánchez), SALGADO (Santiago Salgado Briceño)

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