EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS centrocampista Real Madrid

EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS, “COSTAS”, CENTROCAMPISTA DE LA CANTERA DEL REAL MADRID QUE APRENDIÓ EL OFICIO EN EL REAL MADRID JUVENIL B CAMPEÓN CON FRANCISCO GENTO

INFANCIA DE EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS, SUEÑOS DE BALÓN EN UNA ESPAÑA QUE CAMBIABA

EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS centrocampista Real Madrid nació en 1956, en una época en la que muchas familias en España miraban al futuro con una mezcla de esperanza y prudencia, y en la que el fútbol se convertía, cada vez con más fuerza, en un lenguaje común capaz de unir barrios, pueblos y ciudades alrededor de una pasión sencilla y profunda, el sonido de un balón golpeado contra el suelo o contra una pared.

En ese contexto, el joven Costas fue descubriendo que su vida encontraba sentido en los instantes en los que el cuero rodaba por los patios de colegio, por las calles menos transitadas o por los descampados que se abrían entre edificios en construcción, porque allí, rodeado de amigos, sin más ruido que las risas, las discusiones y los gritos de “pásala” o “tira ya”, sentía que el mundo se ordenaba alrededor de un punto central, la pelota, y que él quería estar siempre cerca de ella.

Los partidos que jugaba de niño no conocían alineaciones fijas ni sistemas numéricos, pero sí tenían una lógica propia, porque con el tiempo cada uno iba encontrando su lugar, y Eduardo M. Sánchez Costas empezó a situarse de manera natural en la zona del centro del campo, un poco alejado de las porterías, lo bastante cerca de los defensas para ayudar en la salida de balón y lo bastante cerca de los delanteros para conectar con ellos, descubriendo que le gustaba tanto robar como pasar, tanto organizar como acompañar.

Sus padres veían cómo regresaba a casa con la ropa manchada, las piernas arañadas y una mezcla de cansancio y felicidad en los ojos, y aunque le recordaban la importancia de estudiar y de cumplir con las obligaciones escolares, también comprendían que aquel niño estaba aprendiendo sobre esfuerzo, sobre amistad y sobre responsabilidad en aquellos campos improvisados, donde una mala tarde podía convertirse en conversación interminable y un buen partido en motivo de orgullo que duraba días.

En cada tarde de juego, Costas iba añadiendo a su lista interna de aprendizajes pequeños detalles que más adelante serían esenciales, como la importancia de controlar el balón con el primer toque para ganar tiempo, la necesidad de levantar la cabeza antes de pasar para no regalar la pelota al rival, o la conveniencia de colocarse en el lugar exacto donde el equipo más lo necesitaba, aunque eso significara renunciar a la jugada vistosa para optar por la opción correcta.

EL SUEÑO DE LA CANTERA, EL CAMINO HACIA EL REAL MADRID JUVENIL B

Con el paso de los años, el talento de EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS centrocampista Real Madrid dejó de ser un secreto de barrio y comenzó a llamar la atención de entrenadores y observadores que recorrían los campos de fútbol base en busca de jóvenes con algo diferente, no solo por su técnica o su físico, sino también por su manera de entender el juego, por su capacidad de sacrificio y por su disposición a aprender, cualidades que, en la cantera del Real Madrid, se valoraban tanto como cualquier caño o cualquier regate espectacular.

El día en que se abrió para él la posibilidad real de entrar en la estructura del club blanco, la noticia se vivió en casa como un pequeño terremoto silencioso, porque significaba pasar de los partidos informales a un mundo con entrenamientos planificados, horarios estrictos, técnicos especializados y compañeros seleccionados entre muchos aspirantes, y aunque la ilusión era gigante, también lo era el respeto hacia ese escudo que tantas veces había visto por televisión o en los titulares de los periódicos.

Entrar en la órbita del Real Madrid Juvenil supuso para Costas un cambio profundo en su rutina, porque ya no se trataba solo de jugar, sino de entrenar con un propósito claro, mejorar cada aspecto del juego, desde el control y el pase hasta la resistencia física, la capacidad de concentración y la fortaleza mental necesaria para soportar la presión de competir por un puesto, sabiendo que al lado había muchos otros jóvenes con sueños similares y cualidades igualmente destacables.

La llegada al Real Madrid Juvenil B se convirtió, así, en un punto de inflexión, porque aquel equipo representaba un peldaño importante dentro de la estructura de La Fábrica, un lugar donde los futbolistas aprendían no solo a ganar, sino también a formar parte de un proceso de desarrollo más amplio, en el que cada año, cada temporada y cada grupo dejaban un legado que se sumaba a una historia mayor, la de la cantera del Real Madrid, considerada una de las más influyentes del fútbol español.

REAL MADRID JUVENIL B 1972-1973, CAMPEÓN DEL GRUPO 1 CON FRANCISCO GENTO EN EL BANQUILLO

La temporada 1972-1973 situó a EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS centrocampista Real Madrid en el corazón del Real Madrid Juvenil B, un equipo que competía en el grupo 1 y que terminaría proclamándose campeón, un logro que, más allá de la clasificación, hablaba de la seriedad del trabajo diario, de la cohesión entre los jugadores y de la capacidad de aquel grupo para responder con madurez a las exigencias de una competición donde cada rival se motivaba especialmente frente al escudo blanco.

El entrenador de aquel conjunto era nada menos que Francisco Gento, mito del madridismo, leyenda de las noches europeas y figura reverenciada por varias generaciones de aficionados, que se había puesto al frente de un equipo juvenil para transmitir, de primera mano, los valores, la mentalidad y los detalles del juego que él mismo había llevado al máximo nivel durante años, convirtiendo cada entrenamiento en una especie de clase magistral donde la experiencia se mezclaba con la ilusión juvenil.

Para un joven centrocampista como Costas, escuchar las indicaciones de Francisco Gento suponía una experiencia difícil de olvidar, porque no era solo un técnico que se limitara a ordenar tareas, sino alguien que podía explicar, desde dentro, cómo se vivía un partido grande, cómo se manejaban los nervios antes de una final, cómo se afrontaba una derrota dura y cómo se respetaba siempre el valor del trabajo, incluso en días en los que las cosas no salían como uno esperaba.

En el Real Madrid Juvenil B 1972-1973, la labor de un centrocampista como Eduardo M. Sánchez Costas consistía en ser el engranaje silencioso que conectaba las líneas, en aparecer como apoyo constante para los defensas a la hora de sacar el balón, en ofrecer pases limpios y bien medidos a los atacantes y en no olvidar la fase defensiva, porque se le pedía que presionara, que recuperase, que cerrara caminos interiores y que cortara posibles contragolpes antes de que se convirtieran en amenazas claras.

Cada jornada de liga suponía una prueba distinta, porque en el grupo 1 se encontraban equipos con estilos muy variados, algunos que apostaban por la posesión paciente, otros que preferían un juego directo y físico, con balones largos y segundas jugadas constantes, y en cada uno de esos contextos, Costas debía ajustar su manera de jugar, acelerando o pausando el ritmo según lo que pedía el partido y lo que el propio Francisco Gento reclamaba desde la banda.

La conquista del título de campeón del grupo 1 no llegó por casualidad, sino como resultado de muchas tardes de entrenamiento en las que el Real Madrid Juvenil B repetía movimientos, practicaba salidas de balón, simulaba situaciones de presión rival y ensayaba jugadas de estrategia, mientras Eduardo M. Sánchez Costas afianzaba su comprensión del puesto de centrocampista, aprendiendo a interpretar los gestos del entrenador, las necesidades de los compañeros y los ritmos del juego.

Al levantar el trofeo de campeón, aquel equipo no solo celebraba una clasificación deportiva, sino también la constatación de que el método aplicado en la cantera funcionaba, de que la combinación entre un mito del club como Francisco Gento y un grupo de jóvenes disciplinados y ambiciosos podía generar resultados tangibles sin perder de vista el objetivo principal, formar futbolistas completos y personas capaces de afrontar tanto la élite como las categorías más humildes con el mismo grado de profesionalidad.

1972-1973 Real Madrid Juvenil B

Arriba, OSORIO (Manuel Osorio Herrero), x, x, Francisco Gento López (entrenador), CAMPS (José Enrique Camps Sánchez), ESTRIÉGANA (Félix Estriégana Maldonado), MAGDALENO (-), x, LISARDO (Lisardo García Bueno), x

Abajo, x, x, x, x, COSTAS (Eduardo M. Sánchez Costas), ROMERO (Juan Pedro Romero Fernández), x, SÁINZ (Francisco Javier Sáinz Fernández), x, x

EL PAPEL DE COSTAS COMO CENTROCAMPISTA EN UN EQUIPO CAMPEÓN

Dentro de aquel Real Madrid Juvenil B campeón, la figura de EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS centrocampista Real Madrid se entendía mejor desde la suma de muchas acciones pequeñas que desde los grandes titulares, porque un centrocampista de su perfil se encargaba, sobre todo, de que el equipo funcionara, de que las distancias entre líneas fueran correctas, de que los delanteros recibieran balones en ventaja y de que los defensas nunca se sintieran demasiado solos a la hora de iniciar el juego o de detener una transición rival.

En cada partido, Costas debía leer el contexto, detectar si el equipo necesitaba calma para conservar la posesión y enfriar el ritmo o, por el contrario, un cambio de marcha, un pase vertical inesperado o una conducción decidida hacia adelante que rompiera líneas y obligara al rival a reorganizarse, decisiones que no siempre se ven desde la grada pero que determinan la fluidez o la espesura de un encuentro.

Su trabajo incluía también aspectos menos vistosos, como seguir la marca de un mediocentro rival que intentaba organizar el juego contrario, cerrar líneas de pase hacia el delantero referencia y no ahorrar esfuerzos en la presión tras pérdida, porque el propio Francisco Gento insistía en que la recuperación rápida del balón era una señal de carácter, de compromiso y de mentalidad ganadora, rasgos que debían distinguir siempre a cualquier conjunto del Real Madrid, incluso en categorías juveniles.

Aunque el recuerdo de los goleadores y de las jugadas espectaculares suele perdurar más en las conversaciones informales, los compañeros de Eduardo M. Sánchez Costas sabían que muchas victorias se apoyaban en su presencia discreta, en su capacidad para ofrecer siempre una línea de pase, en su disposición a correr hacia atrás tantas veces como fuera necesario y en su empeño por mantener la concentración incluso cuando el marcador parecía decidido, porque se le había inculcado que el respeto al rival se demuestra también no aflojando hasta el final.

APRENDIZAJES BAJO FRANCISCO GENTO Y LA HUELLA DE LA CANTERA

Trabajar día a día bajo la dirección de Francisco Gento dejó en EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS centrocampista Real Madrid una huella que iba mucho más allá de conceptos tácticos o ejercicios específicos, porque el entrenador no solo hablaba de colocaciones, de presiones y de estrategias, también compartía historias de vestuario, anécdotas de finales europeas y reflexiones sobre la importancia de mantener la humildad incluso después de las grandes victorias, recordando siempre que el éxito en el fútbol es frágil y que solo el trabajo constante lo mantiene vivo.

En muchas charlas, Gento insistía en que un centrocampista debía ser, ante todo, un jugador inteligente, capaz de ver antes que los demás lo que estaba a punto de suceder, de anticiparse mentalmente a las jugadas y de elegir, casi sin tiempo, la opción que mejor beneficiara al equipo, aunque esa elección no fuera la más lucida desde el punto de vista individual, un mensaje que Costas interiorizó hasta convertirlo en parte central de su forma de entender el fútbol.

El contacto diario con una leyenda del club también le enseñó que el escudo del Real Madrid conlleva una responsabilidad extra, porque no solo se trata de ganar partidos, sino también de hacerlo con una actitud determinada, con respeto al rival, con entrega hasta el último segundo y con una aceptación serena de la crítica, entendiendo que jugar en un club tan grande significa estar sometido siempre a una lupa más intensa que la que se aplica en otros lugares.

TRAYECTORIAS POSIBLES, CAMINOS ABIERTOS DESDE LA CANTERA

Tras aquella temporada en el Real Madrid Juvenil B campeón, las posibilidades de futuro para Eduardo M. Sánchez Costas se abrían en varias direcciones, como ocurría con tantos canteranos de su generación, algunos de los cuales seguirían escalando peldaños dentro de la estructura blanca, otros encontrarían oportunidades en equipos de 2ª División o 2ª B, y muchos continuarían sus carreras en clubes de fútbol regional o semiprofesional, llevando consigo las lecciones aprendidas en Valdebebas o en la antigua Ciudad Deportiva.

Aunque la documentación pública sobre los pasos concretos de Costas después de esa campaña es muy limitada, resulta verosímil imaginar que su experiencia como centrocampista en un equipo campeón, dirigido por alguien como Francisco Gento, le habría servido para afrontar cualquier escenario competitivo, ya fuera un campo modesto de categoría regional o un estadio con gradas llenas de aficionados, porque la exigencia interna y la disciplina adquiridas no desaparecen al cambiar de camiseta.

La realidad del fútbol español de los años setenta mostraba que, para la mayoría de canteranos, el camino hacia la élite absoluta estaba lleno de filtros y de decisiones complejas, y que muchos jugadores muy válidos debían aceptar trayectorias menos visibles, construidas en clubes pequeños pero llenos de vida, donde el fútbol seguía siendo una fuente de alegría y de identidad, y donde un ex jugador del Real Madrid Juvenil podía convertirse en referencia silenciosa de vestuario y ejemplo para compañeros más jóvenes.

LEGADO DE EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS, UN CENTROCAMPISTA DE CAMPO Y DE MEMORIA

Aunque el nombre de EDUARDO M. SÁNCHEZ COSTAS centrocampista Real Madrid no figure entre las grandes estrellas que levantaron trofeos con el primer equipo del Real Madrid, su paso por la cantera blanca, y en particular por el Real Madrid Juvenil B 1972-1973 campeón del grupo 1 con Francisco Gento, lo sitúa dentro de esa larga nómina de futbolistas que, sin ocupar portadas, contribuyeron a construir la identidad profunda de La Fábrica, demostrando que el verdadero valor de una cantera se mide también por las personas que forma.

Su legado vive en la memoria de quienes compartieron vestuario, entrenamientos y partidos con él, en los entrenadores que vieron en aquel centrocampista un jugador dispuesto a escuchar, a corregir y a mejorar, y en la historia silenciosa de esos equipos juveniles que, aunque no aparezcan en todos los libros, representan la base sobre la que se sostiene el prestigio de una institución que ha convertido su fútbol base en fuente constante de talento y de valores.

En el relato más amplio de la cantera del Real Madrid, la figura de Costas simboliza a tantos centrocampistas que pasaron por las categorías inferiores, que entendieron el juego desde la inteligencia, el sacrificio y la responsabilidad y que, aunque su destino deportivo tomara caminos diversos, conservaron para siempre algo de ese espíritu blanco que aprendieron en su juventud, cuando vestir una camiseta juvenil del club era, ya de por sí, una forma intensa de cumplir un sueño.

 

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