Cuando RICARDO ÁLVAREZ DE MENA Centrocampista Real Madrid se asentó en el Castilla C.F., filial del Real Madrid en 2ª División, sintió que daba un paso decisivo en su carrera, porque el equipo ya no se movía en categorías formativas o regionales, sino en el terreno profesional, donde cada partido se analizaba, cada punto se discutía y cada temporada se recordaba en las gradas y en las conversaciones de aficionados que acudían al estadio con expectativas claras.
El vestuario del Castilla C.F. reunía a jóvenes que venían de la cantera blanca, muchos con años de formación en Infantil, Juvenil y Amateur, y también a futbolistas que se incorporaban desde otros clubes, y en ese entorno Álvarez encontró un grupo que mezclaba ilusión por acercarse al primer equipo con la realidad de competir semana tras semana contra rivales de gran nivel, lo que convertía cada jornada en una prueba de carácter y consistencia.
Como centrocampista, Ricardo Álvarez de Mena asumió que en 2ª División la responsabilidad se multiplicaba, porque el juego era más rápido, las presiones más intensas y los errores más determinantes, y debía combinar la serenidad aprendida en la cantera con una capacidad de adaptación constante, ajustando su posición, su ritmo de pase y su manera de interpretar los espacios según el rival, el estado del campo y la situación de cada encuentro.
Los entrenamientos del Castilla C.F. en aquellos años eran sesiones exigentes, diseñadas para preparar a los jugadores para la dureza del fútbol profesional, y Ricardo Álvarez de Mena se acostumbró a días en los que la carga física, la táctica y la técnica se mezclaban de manera intensa, comenzando con calentamientos largos, continuando con ejercicios de posesión, presión y salida de balón, y concluyendo con simulaciones de situaciones reales de partido que los técnicos querían pulir.
En muchos ejercicios, el centro del campo era la zona de mayor atención, porque los entrenadores sabían que allí se decidía gran parte del rendimiento del equipo, y Álvarez repetía una y otra vez movimientos de recepción, giros rápidos, cambios de orientación y apoyos al compañero en apuros, corregido cuando hacía falta, felicitado cuando encontraba la línea de pase adecuada y consciente de que esos detalles influían luego en noventa minutos de competición oficial.
Las reuniones previas y posteriores a los entrenamientos ayudaban a Ricardo Álvarez de Mena a comprender la importancia de la preparación mental, porque se analizaban rivales, se señalaban fortalezas y debilidades propias, se hablaba del ritmo de la categoría y se insistía en que cada jugador debía llegar al partido con las ideas claras, sabiendo qué se esperaba de su posición y qué tipo de respuestas debía ofrecer según se desarrollara el encuentro.
Los partidos del Castilla C.F. en 2ª División llevaron a Ricardo Álvarez de Mena por estadios de toda España, algunos con gradas amplias y otros más modestos, pero todos llenos de aficiones que vivían el fútbol con pasión, y cada desplazamiento era una experiencia diferente, porque el ambiente cambiaba según la ciudad, el momento de la temporada y la situación del rival, añadiendo matices que un centrocampista debía aprender a leer también fuera del césped.
En casa, el filial blanco jugaba ante seguidores que conocían bien la historia de la cantera, que veían en muchos jugadores del Castilla C.F. futuros candidatos a vestir la camiseta del primer equipo, y Álvarez sentía esa responsabilidad en cada balón que tocaba, sabiendo que su rendimiento no se medía solo en ojos de entrenadores, sino también en la mirada de aficionados que seguían con atención los pasos de La Fábrica, orgullosos de ver a jóvenes competir en una categoría tan exigente.
Fuera, los rivales del Castilla C.F. solían recibir al filial con una mezcla de respeto y deseo de demostrar que podían derrotar a un equipo vinculado al Real Madrid, y Ricardo Álvarez de Mena vivió partidos en campos donde el ambiente era hostil, con gradas que presionaban desde el calentamiento, con defensas y mediocentros contrarios que utilizaban todos sus recursos para impedir el juego habitual del filial blanco, y tuvo que aprender a proteger el balón, a soportar entradas duras y a mantener la mente concentrada pese al ruido exterior.
Como centrocampista del Castilla C.F., Ricardo Álvarez de Mena se convertía muchas veces en el jugador que conectaba líneas, porque su capacidad para recibir entre centrales, ofrecerse al lateral y enlazar con los delanteros permitía que el equipo mantuviera una estructura reconocible, y sus compañeros sabían que encontrarlo en el centro del campo era una manera de recuperar orden cuando el partido se desordenaba o cuando el rival imponía un ritmo incómodo.
Su trabajo no se veía solo en los pases, sino también en la forma de cerrar espacios, en las ayudas a los defensas cuando el equipo se veía obligado a replegar, y en la manera de acompañar las transiciones, llegando a zonas avanzadas cuando la jugada lo pedía y regresando con rapidez cuando el equipo perdía el balón, asumiendo que un centrocampista profesional debía equilibrar la balanza del juego, incluso a costa de un desgaste físico elevado.
Los entrenadores del Castilla C.F. valoraban especialmente que Álvarez no se escondiera en partidos difíciles, que se ofreciera cuando la presión rival aumentaba y que mantuviera la calma al recibir, sin dejarse arrastrar por precipitaciones, porque esa serenidad y esa voluntad de participar activamente en la salida de balón eran cualidades que se consideran imprescindibles en un mediocampista que aspira a sostener equipos de alto nivel competitivo.
Más allá de los partidos, los años de Ricardo Álvarez de Mena en el Castilla C.F. estuvieron llenos de rutinas diarias que construyen la vida de un futbolista profesional, porque los entrenamientos ocupaban gran parte del tiempo, pero también había sesiones de recuperación, trabajos específicos de fuerza, reuniones de análisis y viajes que, sumados, dibujaban un calendario exigente, en el que debía cuidar alimentación, descanso y concentración para poder rendir al nivel requerido.
La relación con sus compañeros se forjaba en vestuarios, autobuses, hoteles y campos de entrenamiento, y Álvarez aprendió que el centrocampista no solo se comunica dentro del césped, sino también fuera, compartiendo impresiones, escuchando problemas ajenos, aportando palabras de ánimo y recibiendo consejos de jugadores con más experiencia, creando un tejido humano que sostiene a los equipos durante las temporadas, especialmente en momentos de racha negativa o de presión alta.
La convivencia con técnicos y staff del Castilla C.F. ayudó a Ricardo Álvarez de Mena a entender mejor la estructura del club, porque veía de cerca cómo se planificaban las sesiones, cómo se organizaban las estrategias para cada rival y cómo se tomaban decisiones sobre alineaciones y rotaciones, y esa visión más amplia del funcionamiento de un equipo profesional enriquecía su comprensión del fútbol, más allá de la pura ejecución individual de su puesto.
La etapa en el Castilla C.F. tuvo un impacto decisivo en la carrera posterior de Ricardo Álvarez de Mena, porque le permitió demostrar que podía rendir con continuidad en 2ª División, enfrentando clubes importantes y soportando la presión propia de una categoría profesional, y esa experiencia fue clave cuando llegaron cesiones y fichajes por equipos como el Racing Club de Santander, el Hércules C.F., el Palencia C.F., la Cultural y Deportiva Leonesa y el Real Ávila C.F., que confiaban en un centrocampista curtido en el filial blanco.
Cada partido jugado con el Castilla C.F. se convirtió, con los años, en un recuerdo que Álvarez llevaba consigo a nuevas ciudades, porque sabía que allí había aprendido a reaccionar bajo presión, a mantener el orden táctico en medio de la intensidad y a convivir con la exigencia de un club grande, pero desde la posición de un equipo filial, que debía construir su propia identidad sin dejar de ser reflejo de valores de la entidad matriz.
La combinación entre formación inicial en el Torneo Social y en las categorías infantiles y juveniles del Real Madrid, más la experiencia en Real Madrid Amateur y en el Castilla C.F., hizo de Ricardo Álvarez de Mena un centrocampista capaz de entender el juego desde muchos ángulos, y esa riqueza de vivencias se volvió evidente en sus posteriores etapas, donde se le veía como un futbolista con bagaje, capaz de aportar orden en medio de circunstancias cambiantes.