INFANCIA DE ENRIQUE PAMPYN MARTÍNEZ EN MADRID
ENRIQUE PAMPYN MARTÍNEZ portero Real Madrid nació el 9 de septiembre de 1957 en Madrid, en una ciudad que crecía hacia barrios nuevos, donde los patios, las plazas y las calles se convertían cada tarde en campos improvisados de fútbol, con porterías dibujadas mediante abrigos, mochilas o piedras, y donde el ruido de los coches se mezclaba con los gritos de niños que pedían el balón, reclamaban faltas y celebraban goles imaginados como si fueran finales.
Desde muy pronto, el joven Pampyn sintió una atracción especial por ese lugar que muchos evitaban, el espacio entre dos piedras o dos abrigos que hacía de portería, porque allí, bajo un marco invisible, encontraba un reto que le gustaba, el de detener disparos de amigos mayores, el de lanzarse al suelo sin miedo, el de mancharse las manos y la ropa tratando de evitar que el balón cruzara esa línea imaginaria que separaba el gol de la parada.
Mientras otros niños discutían por quién quería ser delantero o por quién ocuparía el centro del campo, Enrique Pampyn Martínez se quedaba voluntariamente bajo los palos, aprendiendo a intuir la dirección de los disparos, a reaccionar de manera instintiva y a asumir que, cuando el balón se escapaba, las cabezas se giraban hacia él, pero cuando conseguía detenerlo, el silencio de un rival frustrado y las sonrisas de los compañeros compensaban cualquier golpe recibido.
Su familia lo veía volver a casa con las rodillas llenas de raspones, las manos rojizas por el impacto del balón y una mezcla de cansancio y orgullo en la mirada, y aunque insistían en que se cuidara, en que estudiara y en que no se descuidara con las responsabilidades, también comprendían que aquel rincón bajo las porterías improvisadas se estaba convirtiendo en un lugar importante de su vida, una especie de refugio donde demostraba valentía, reflejos y un carácter que no se rendía.
S.D. GIMNÁSTICA SEGOVIANA 1976-1979, PORTERO CEDIDO EN LA 1ª PREFERENTE CASTELLANA Y LA 1ª REGIONAL ORDINARIA CASTELLANA
Tras completar el ciclo juvenil en el Real Madrid, las cesiones a la S.D. Gimnástica Segoviana abrieron un capítulo muy especial en la vida de Enrique Pampyn Martínez, porque significaban salir de la ciudad de Madrid para instalarse en Segovia, una ciudad con un ritmo diferente, con un paisaje marcado por el Acueducto y por el frío de los inviernos, y un club, la S.D. Gimnástica Segoviana, donde el fútbol se vivía con una intensidad que impregnaba cada rincón del estadio de La Albuera.
En la temporada 1976-1977, en 1ª Preferente Castellana, Pampyn se encontró con un entorno en el que el portero cobraba una importancia fundamental, porque se trataba de una categoría muy disputada, con muchos equipos peleando por el ascenso o por evitar el descenso, y donde cada punto se defendía como un tesoro, con partidos que a menudo se resolvían por detalles, por una parada imposible o por una salida valiente en el último minuto.
La afición de la S.D. Gimnástica Segoviana veía con curiosidad la llegada de un guardameta formado en la cantera del Real Madrid, porque sabía que su pasado en el club blanco traía una forma de trabajar, una mentalidad y unos hábitos aprendidos en la Ciudad Deportiva, pero tenía claro que, para ganarse el cariño definitivo de Segovia, Enrique Pampyn Martínez debía demostrar compromiso en los partidos duros, en las tardes de viento helado y en los encuentros donde la tensión se podía cortar en la grada.
A lo largo de las temporadas 1976-1977 y 1977-1978 en 1ª Preferente Castellana, y 1978-1979 en 1ª Regional Ordinaria Castellana, Pampyn fue construyendo una relación muy particular con La Albuera y con la afición gimnástica, que aprendió a reconocer su silueta bajo palos, su manera de colocarse en los córners, sus gritos de orden a la defensa y sus carreras hacia el área pequeña cada vez que un balón se quedaba dividido, sabiendo que, muchas veces, esa fracción de segundo decidiría si el equipo seguía vivo en el partido o no.
El paso de Preferente a Regional Ordinaria no redujo la intensidad del fútbol, porque aunque la categoría cambiaba de nombre y de estructura, el orgullo de la S.D. Gimnástica Segoviana seguía intacto, y Enrique Pampyn Martínez continuó defendiendo la portería con el mismo grado de entrega, aceptando que las dimensiones del campo, el clima y el estado del césped podían ser adversarios adicionales, pero convencido de que su oficio consistía precisamente en afrontar todas esas dificultades con serenidad y valentía.
C.D. UNIÓN CRIPTANENSE 1979-1980, ÚLTIMA CESIÓN EN 1ª REGIONAL ORDINARIA CASTELLANA
La temporada 1979-1980 llevó a Enrique Pampyn Martínez al C.D. Unión Criptanense, en 1ª Regional Ordinaria Castellana, otro club profundamente ligado a su localidad, donde el fútbol formaba parte de la identidad de la gente y donde el portero tenía, de nuevo, un papel protagonista, porque en categorías así las diferencias entre equipos se reducen, y los guardametas pueden inclinar la balanza con un par de intervenciones decisivas.
En C.D. Unión Criptanense, Pampyn se encontró con un vestuario formado por jugadores que compaginaban trabajos con entrenamientos, que llegaban al campo después de jornadas largas, pero que se transformaban al ponerse la camiseta, y entendió que su rol como portero con experiencia en la cantera del Real Madrid no consistía solo en evitar goles, sino también en aportar calma, en transmitir confianza y en enseñar pequeños detalles a compañeros más jóvenes.
LEGADO DE ENRIQUE PAMPYN MARTÍNEZ, PORTERO DE CANTERA BLANCA Y FÚTBOL REGIONAL
Al repasar la trayectoria de ENRIQUE PAMPYN MARTÍNEZ portero Real Madrid aparece el retrato de un portero que construyó su camino desde las porterías improvisadas de Madrid, pasando por la A.D. Plus Ultra Infantil y la exigencia del Real Madrid Infantil A, del Real Madrid Juvenil C, del Real Madrid Juvenil B y del Real Madrid Juvenil A, hasta defender con orgullo las redes de la S.D. Gimnástica Segoviana y del C.D. Unión Criptanense, en categorías como la 1ª Preferente Castellana y la 1ª Regional Ordinaria Castellana.
Su legado no se mide en números fríos, sino en la memoria de quienes lo vieron volar bajo los palos, en los compañeros que recuerdan sus gritos de “mía” en centros complicados, en los entrenadores que valoraban su disposición a trabajar cada semana aunque dolieran las manos, y en las aficiones que lo vieron levantarse después de recibir un gol duro, sacudirse el polvo y prepararse para la siguiente jugada, porque sabían que el carácter de un portero se conoce en esos momentos.
En la historia silenciosa de la cantera del Real Madrid, la figura de Pampyn se suma a la de tantos guardametas que, aunque no llegaron a ocupar portadas globales, sí llevaron la manera blanca de entender el fútbol a clubes de barrio y de pueblo, dotando al fútbol regional de una dosis de profesionalidad, de seriedad y de amor por el juego que se nota en cada entrenamiento y en cada partido, incluso cuando las gradas son pequeñas y las luces no son tan brillantes.
Su camino demuestra que el puesto de portero está hecho de valentía, de reflejos y de una capacidad infinita para levantarse después de cada caída, y que quienes lo ejercen desde la infancia hasta la madurez, como Enrique Pampyn Martínez, dejan en las porterías que defienden algo más que paradas, dejan una forma de entender la responsabilidad, el compañerismo y la importancia de estar siempre dispuesto a recibir el golpe que otros no pueden evitar.