JOSÉ LUIS LLORENTE DEL HOYO, EL PORTERO DE BURGOS QUE APRENDIÓ A MIRAR EL FÚTBOL DESDE LA SOLEDAD FELIZ DEL ÁREA PEQUEÑA

INFANCIA EN BURGOS Y LOS PRIMEROS BALONES QUE VOLABAN ENTRE FRÍO Y CHIMENEAS

En una ciudad como Burgos, donde los inviernos se alargan y el frío parece clavarse en los huesos, nació en 1953 un niño llamado JOSÉ LUIS LLORENTE DEL HOYO portero Real Madrid, que pronto empezó a descubrir que el calor más intenso no siempre venía de las mantas o de las estufas, sino de aquellas tardes en las que un balón maltratado por el uso reunía a los amigos en cualquier descampado, en cualquier patio amplio o en cualquier terreno medio llano, convertido de repente en estadio improvisado y en escenario de sueños que rara vez cabían enteros en las casas pequeñas.

Los barrios de Burgos ofrecían entonces una educación sentimental basada en la calle, donde los niños aprendían a esquivar charcos, a medir pasos sobre aceras estrechas y a usar las paredes como compañeros silenciosos, dejando que la pelota rebotara una y otra vez contra fachadas que parecían conocerse de memoria todas las alineaciones posibles, mientras José Luis Llorente del Hoyo se iba alejando poco a poco del deseo de marcar goles para acercarse casi sin darse cuenta a la vocación más solitaria del fútbol, esa que se ejerce bajo palos, con los guantes aún duros, las rodillas raspadas y la mirada obstinada.

Ser portero en aquellos partidos sin árbitro significaba aceptar cierta incomprensión temprana, porque mientras los compañeros discutían quién se ponía de delantero centro o quién tiraba las faltas, alguien debía quedarse atrás soportando disparos a bocajarro, balones sin dirección clara y discusiones interminables sobre si el tiro había entrado por arriba, por un lado o por un hueco que nadie había señalado como poste, y en medio de todo ese ruido, el joven José Luis Llorente del Hoyo empezó a descubrir que le gustaba precisamente ese papel, ese lugar donde el juego se decidía en un segundo y donde cada parada, por pequeña que fuera, dejaba una huella muy honda en su propio ánimo.

EL DESCUBRIMIENTO DEL OFICIO DE PORTERO EN CAMPOS IMPERFECTOS

Antes de que apareciera por primera vez la camiseta del Real Madrid en su camino, la formación de Llorente pasó inevitablemente por esos campos imperfectos donde la hierba era un lujo y el barro un invitado permanente, especialmente en invierno, cuando los balones pesaban mucho más de lo que deberían y cada estirada terminaba con la ropa empapada, la cara manchada y los dedos entumecidos, pero también con una sensación de plenitud difícil de explicar a quienes no han sentido nunca la mezcla de cansancio, orgullo y silencio satisfecho que sigue a una parada decisiva en un partido sin público.

En esos escenarios de marca difusa y porterías trazadas con piedras o abrigos doblados, el joven portero empezó a intuir que la posición exigía algo más que reflejos y valentía, porque cada balón que se escapaba no era solo un gol en contra, sino una conversación posterior con uno mismo, un repaso íntimo a la jugada, al paso previo, al salto insuficiente o al gesto tardío, y esa autocrítica silenciosa fue construyendo en Llorente una memoria muy particular, hecha de errores corregidos, de manos colocadas mejor y de balones que antes se iban adentro y que poco a poco empezaban a quedarse en sus guantes.

Nadie hablaba entonces de psicología deportiva, pero el carácter del guardameta se forjaba precisamente en esos momentos, cuando los amigos se marchaban a casa y el futuro portero seguía pensando en aquel disparo alto que no supo medir o en aquella salida a destiempo en la que chocó con un compañero, y ese hábito de preguntarse qué podría hacer mejor al día siguiente se convertiría con el tiempo en una de sus herramientas más valiosas, mucho antes de que la disciplina de la cantera del Real Madrid le pusiera frente a entrenadores acostumbrados a analizar cada detalle.

LLEGADA AL REAL MADRID C.F. JUVENIL 1970-1971: LA CIUDAD DEPORTIVA COMO CAMBIO DE MUNDO

Cuando JOSÉ LUIS LLORENTE DEL HOYO portero Real Madrid se incorporó al Real Madrid C.F. Juvenil en la temporada 1970-1971, la vida cambió de escala, porque el viaje desde Burgos hasta Madrid no era solo un desplazamiento geográfico, sino también una mudanza emocional enorme, que separaba la familiaridad de los campos de barrio del vértigo de la Ciudad Deportiva, donde todo parecía más grande, más ordenado y más serio, desde el trazado impecable de las líneas hasta la forma en que los balones se alineaban antes de cada sesión de entrenamiento.

El impacto de ver tantos campos juntos, todos con porterías reglamentarias, redes bien colgadas y vestuarios compartidos por chicos que venían de muchas partes de España, debió impresionar profundamente al joven guardameta de Burgos, que a pesar de la emoción inicial tenía que encontrar sitio en una estructura donde ya existían jerarquías, grupos formados y una historia previa, y donde su nombre, Llorente, todavía no decía nada a nadie, más allá de lo que pudiera demostrar con sus manos, sus reflejos y su capacidad para sobrevivir al primer mes.

En el Real Madrid C.F. Juvenil, el entrenamiento específico de porteros se convirtió de inmediato en un territorio propio, un espacio del día en el que los guardametas se separaban del resto del grupo y se sometían a ejercicios repetitivos, a saltos encadenados, a lanzamientos laterales y a series interminables de balones cruzados, todo ello bajo la mirada detallista de técnicos que no permitían distracciones y que corregían la postura de los pies, la posición de los codos, el ángulo de las manos y el momento exacto en el que debía iniciarse cada estirada para ganar ese medio segundo que separa la parada de la resignación.

La convivencia con otros jóvenes porteros, algunos llegados de lugares tan distintos como Galicia, Andalucía o Castilla, hizo que Llorente entendiera muy rápido que la competencia no se libraba únicamente los fines de semana, sino cada mañana en el campo, en cada ejercicio, en cada enfrentamiento uno contra uno en entrenamientos reducidos, donde el mínimo descuido podía significar una impresión duradera en la mente de los entrenadores, que registraban silenciosamente quién se tiraba sin miedo y quién dudaba un instante antes de lanzarse a por un balón dividido.

EL OFICIO DE PORTERO EN UN EQUIPO JUVENIL QUE NO PODÍA PERMITIRSE DUDAR

El Real Madrid C.F. Juvenil no era un equipo juvenil cualquiera, porque la institución exigía desde las categorías inferiores una mentalidad ganadora, una forma de jugar valiente y una disciplina que se reflejaba incluso en los detalles más pequeños, como la puntualidad en las concentraciones, el cuidado de las botas o la manera de dirigirse a los técnicos y a los empleados, y en ese contexto un portero como Llorente debía aprender a gestionar la presión sin perder naturalidad.

Cada partido de liga significaba, para él, mucho más que una simple estadística, porque suponía una evaluación indirecta de su capacidad para sostener al equipo cuando el rival lograba romper el plan táctico, y en esas tardes la memoria de Burgos, de los campos duros y de las pelotas pesadas, servía como soporte afectivo, como recordatorio de que ya se había enfrentado antes a la dureza y que lo único que había cambiado era el escenario, no la esencia del juego ni la necesidad de reaccionar ante cada balón con la máxima determinación posible.

La figura del portero en aquel juvenil del Real Madrid C.F. incluía, además de las paradas, muchas tareas invisibles, como ordenar la línea defensiva en jugadas a balón parado, corregir las distancias entre centrales y laterales, gritar con suficiente fuerza para hacerse oír en estadios ruidosos y aceptar que, si un error propio terminaba en gol, el trabajo del resto del equipo no quedaba anulado, sino que simplemente exigía todavía más esfuerzo para remontar el resultado, una idea que Llorente  interiorizó con el tiempo.

REAL MADRID JUVENIL A 1971-1972: CAMPEONES DEL GRUPO 1 CON ANTONIO RUIZ CERVILLA

La temporada 1971-1972 elevó aún más la exigencia cuando JOSÉ LUIS LLORENTE DEL HOYO portero Real Madrid pasó a formar parte del Real Madrid Juvenil A, un equipo situado en la cúspide de la pirámide formativa, que competía en el grupo 1 y que terminó proclamándose campeón bajo la dirección de Antonio Ruiz Cervilla, entrenador que entendía la categoría como un territorio donde ya no bastaba con aprender, porque había que ganar, convencer y, además, mostrar un estilo acorde con la tradición ofensiva del club.

Ser portero en ese Real Madrid Juvenil A significaba vivir cada partido como una pequeña final, porque los rivales veían en el enfrentamiento contra el equipo blanco una oportunidad para firmar una tarde histórica, multiplicando su motivación y obligando a la defensa madridista a jugar siempre con la guardia alta, sin concesiones y sin relajaciones, de manera que Llorente debía convivir con esa sensación de ser observado con lupa en cada intervención, en cada salida por alto y en cada balón raso que se acercaba al área.

El trabajo de Antonio Ruiz Cervilla se hacía notar en la estructura del conjunto, que combinaba talento individual con orden y paciencia, y en ese sistema el papel del guardameta resultaba crucial, porque la salida del balón desde atrás, incluso en edad juvenil, se concebía ya como una responsabilidad compartida entre centrales y portero, provocando que Llorente aprendiera a golpear largo cuando la presión rival lo exigía, pero también a jugar en corto, a buscar al mediocentro y a interpretar cuándo convenía acelerar y cuándo era preferible dormir el juego algunos segundos.

Las celebraciones del título de aquel grupo 1 no solo recompensaban a los goleadores o a los mediapuntas creativos, sino también al guardameta que había pasado tantas tardes entrenando a solas, repitiendo vuelos a ras de césped y practicando saque tras saque, y aunque el nombre de Llorente no apareciera en los titulares más grandes, su aportación silenciosa se integró para siempre en el recuerdo de aquella generación de la cantera del Real Madrid que supo ser campeona antes de dispersarse hacia distintos destinos.

1971-1972 Real Madrid Juvenil A

De pie, LEÑADOR (Juan Leñador de la Cruz), ACEDO (José María Acedo Ramos), REQUENA (Antonio Requena), MUÑOZ (Antonio Muñoz Fernández), GAMBOA (Carlos Gamboa), PÉREZ VICENTE (-), DEL VALLE (Manuel Ramón Rodríguez Del Valle), LLORENTE (José Luis Llorente del Hoyo).

Agachados, MAESTRO (Mariano Martín-Maestro), LÓPEZ (Juan Manuel López García), GONZÁLEZ (Francisco González Ortiz), FERNÁNDEZ MARÍN (Jaime Fernández Marín), SEPTIÉN (Francisco José Septién de la Cuerda), BALLESTER (Adolfo Domingo Ballester), FRANCO (-).

EL REGRESO A BURGOS C.F. 1972-1973: VOLVER A CASA COMO PORTERO DE CLUB

Después de esa experiencia intensa y formativa en el Real Madrid Juvenil A, la trayectoria de José Luis Llorente del Hoyo se enlazó con el Burgos C.F. en la temporada 1972-1973, lo que significó un regreso al norte que no era un simple retorno físico, porque el guardameta que volvía no era ya el niño que un día soñaba desde los descampados burgaleses, sino un futbolista joven pero curtido en la disciplina de uno de los clubes más exigentes del mundo, con una mochila llena de métodos, hábitos y miradas nuevas sobre el juego.

En el Burgos C.F., Llorente tuvo que adaptarse a un entorno donde la historia del club y las expectativas de la afición pesaban de una manera distinta, porque allí el escudo no se vinculaba a la grandeza global del Real Madrid, pero sí a la importancia que cada fin de semana tenía para la ciudad, que veía en el equipo algo más que un entretenimiento, casi una representación de sí misma en cada desplazamiento, en cada visita a campos rivales y en cada resultado que llenaba o vaciaba tertulias.

Ser portero en un club como el Burgos C.F. suponía aceptar que la crítica y el elogio llegaban por caminos muy diferentes a los de la cantera blanca, porque mientras en Madrid los entrenadores se fijaban en detalles técnicos con mirada formativa, en Burgos los comentarios incluían también el peso de la costumbre, de los veteranos de grada que llevaban décadas viendo jugar al equipo y que evaluaban cada salida por alto en comparación con otros porteros a los que consideraban referentes, creando una vara de medir tan implacable como útil para el crecimiento de quien supiera encajarla.

En ese contexto, Llorente fue consolidando la idea de que su profesión no consistía solo en detener balones, sino también en convivir con las miradas, con las conversaciones posteriores y con la memoria exigente de la afición, aprendiendo que, con el paso del tiempo, lo que queda en la gente no es un dato concreto, sino una sensación, la de haber tenido durante una época a un guardameta al que podía confiarle la portería sin miedo.

LOS AÑOS INTERMEDIOS 1973-1977: TRABAJO SILENCIOSO, ENTRENAMIENTOS Y CAMINOS MENOS VISIBLES

Entre la temporada 1973-1974 y la 1976-1977, la trayectoria de Llorente no aparece recogida con precisión en los registros que conservan las hemerotecas y las bases de datos, lo que obliga a imaginar esos años con prudencia, no como un vacío, sino como un tiempo de trabajo silencioso, de entrenamientos constantes, de posibles estancias en equipos de la zona y de partidos amistosos o de categorías menores donde el guardameta seguía lidiando con la misma esencia del puesto que había aprendido en Burgos y en Madrid.

Muchos futbolistas de aquella época atravesaron etapas parecidas, en las que la vida personal, el servicio militar, las oportunidades laborales o las decisiones de los clubes colocaban sus carreras en curvas poco documentadas, lejos de los grandes titulares, y sin embargo esos años resultaban fundamentales para mantener vivo el oficio, porque significaban seguir entrenando manos y piernas, seguir soportando la fría sensación del balón húmedo en invierno y seguir escuchando, una y otra vez, el golpe seco de la pelota contra los guantes.

Para un portero como Llorente, esos años intermedios pudieron ser un tiempo de consolidación íntima, en el que la técnica se afinaba lejos del foco, en campos donde apenas asistían unos pocos aficionados y donde cada partido se jugaba con la misma seriedad que en etapas más visibles, porque quienes aman de verdad su posición saben que no existe encuentro pequeño, que cada parada tiene su propio peso y que cada gol encajado exige una reflexión breve, aunque nadie escriba una crónica al día siguiente.

Esa parte menos conocida de su biografía, aunque no tenga una lista nítida de clubes y categorías, forma parte esencial de la historia de Llorente, porque recuerda que el fútbol no está hecho solo de ascensos, títulos o fichajes sonados, sino también de perseverancia, de lunes de entrenamiento en campos casi vacíos y de años en los que un jugador sigue siendo portero ante todo, aunque la luz de los focos no apunte directamente hacia él.

S.D. GIMNÁSTICA ARANDINA 1977-1978: LLEGADA A UNA PLAZA CON IDENTIDAD PROPIA

La temporada 1977-1978 volvió a colocar el nombre de Llorente en una ficha clara, la de la S.D. Gimnástica Arandina, club de 3ª División que representaba a Aranda de Duero, una localidad con una fuerte personalidad, marcada por el vino, por el río y por una afición acostumbrada a ver a su equipo como un símbolo de orgullo comarcal, de manera que cada partido en casa se convertía en un encuentro social, una cita casi ritual donde se mezclaban generaciones en la misma grada.

Llegar allí como portero suponía aceptar de nuevo un tipo de presión muy concreto, porque la gente de Aranda quería ver a un guardameta que se atreviera a salir en los córners, que no se quedara pegado a la línea, que supiera aguantar en el mano a mano y que fuese capaz de levantarse de inmediato después de un golpe, recordando que en 3ª División los partidos se deciden muchas veces por detalles de valentía más que por sofisticaciones tácticas, y en ese contexto la experiencia acumulada por Llorente en Burgos y en la cantera blanca resultaba un tesoro silencioso.

La defensa de la portería de la S.D. Gimnástica Arandina hacía que el guardameta volviera a sentir la cercanía de una grada que conocía a cada jugador por su nombre y que valoraba especialmente la entrega, el compromiso y la constancia, de modo que cada estirada, cada balón blocado y cada indicación a la zaga tras un despeje se convertían en pequeños argumentos que reforzaban la confianza del público en Llorente , que ya había recorrido suficientes vestuarios como para entender que ese vínculo emocional valía tanto como cualquier estadística.

S.D. GIMNÁSTICA ARANDINA 1978-1980: CONSOLIDAR LA PORTERÍA EN UNA CATEGORÍA DURA

Las temporadas 1978-1979 y 1979-1980 mantuvieron a Llorente bajo los mismos colores, los de la S.D. Gimnástica Arandina, siempre en 3ª División, lo que demuestra que su trabajo convencía a técnicos, directiva y afición, porque un club no mantiene ligero en la portería durante tres cursos seguidos a un guardameta en el que no confía, especialmente en una categoría donde las plantillas pueden cambiar con rapidez, condicionadas por presupuestos ajustados y por la inevitable rotación de jugadores.

En ese ciclo, el portero burgalés siguió enfrentándose a delanteros de perfiles muy distintos, desde los jóvenes rápidos que buscaban hacerse un nombre en la categoría hasta los veteranos que manejaban el oficio de sacar faltas, de forzar saques de esquina y de presionar al guardameta en cada balón dividido, intentando forzar el error no solo con el pie o la cabeza, sino también con la palabra, con la mirada y con esa colección de pequeños trucos que solo se aprenden tras muchas temporadas en los campos de 3ª División.

La repetición de rivales y campos permitió a Llorente construir un mapa mental muy preciso de la categoría, recordando qué equipos colgaban más balones, cuáles elaboraban más, en qué estadios el viento podía cambiar la trayectoria de un saque de puerta o de un centro lateral y en qué recintos la proximidad de la grada exigía una serenidad especial, porque cada fallo sonaba amplificado, pero cada gran parada era reconocida al instante con un murmullo de alivio y admiración.

S.D. GIMNÁSTICA ARANDINA 1980-1981: SALTAR A SEGUNDA B SIN RENUNCIAR AL OFICIO

La temporada 1980-1981 trajo un cambio significativo para la S.D. Gimnástica Arandina, que pasó a competir en 2ª División B, lo que elevaba el nivel medio de los rivales, la dificultad de los desplazamientos y la exigencia táctica de cada partido, porque la categoría intermedia entre el fútbol claramente profesional y el fútbol semi profesional concentraba en aquellos años una mezcla de clubs históricos, proyectos ambiciosos y equipos muy trabajados, donde cada error del portero podía tener consecuencias todavía más costosas.

Para Llorente, mantenerse bajo palos en ese salto de categoría significaba una confirmación personal, una prueba de que su trabajo en las temporadas anteriores había construido un crédito suficiente como para que el club confiara en él también en un escalón competitivo más alto, donde los delanteros afinaban el tiro, las jugadas ensayadas se multiplicaban y los entrenadores rivales analizaban con más detalle los puntos fuertes y débiles de cada guardameta.

La 2ª División B implicó para la S.D. Gimnástica Arandina y para su portero viajes aún más largos, enfrentamientos contra equipos de otras regiones con estilos diversos y la necesidad de ajustar todavía más cada gesto técnico, porque el margen de recuperación después de una mala racha se reducía, y en ese entorno la experiencia acumulada por Llorente a lo largo de su recorrido por la cantera blanca, el Burgos C.F. y los años de 3ª División se convirtió en una base sólida sobre la que sostener la portería.

EL CARÁCTER DEL PORTERO DE CANTERA BLANCA EN TIERRAS CASTELLANAS

Si se recorre la biografía deportiva de JOSÉ LUIS LLORENTE DEL HOYO portero Real Madrid, desde los primeros partidos en Burgos hasta sus temporadas en la S.D. Gimnástica Arandina de 3ª División y 2ª B, pasando por el Real Madrid C.F. Juvenil, el Real Madrid Juvenil A campeón del grupo 1 y el Burgos C.F., aparece el retrato de un portero que supo trasladar la disciplina aprendida en la cantera del Real Madrid a clubes donde el foco mediático era menor, pero donde la importancia del trabajo bien hecho resultaba igual de grande para la gente que llenaba las gradas cada domingo.

Su trayectoria recuerda que no todos los futbolistas formados en la estructura blanca llegan a pisar el césped del primer equipo, pero muchos de ellos llevan el sello de esa formación a otros lugares, enriqueciendo el fútbol de Segunda, Segunda B y Tercera, como hizo José Luis Llorente del Hoyo al combinar las enseñanzas técnicas, tácticas y de carácter recibidas en Madrid con las realidades concretas de Burgos y Aranda de Duero, donde la figura del guardameta se valora tanto por su eficacia como por su capacidad para transmitir seguridad.

En cada parada, en cada balón colgado por encima de su cabeza y en cada carrera hacia adelante para achicar espacios ante un delantero que se quedaba solo, se mezclaban la memoria de los entrenamientos juveniles en la Ciudad Deportiva, los consejos de técnicos como Antonio Ruiz Cervilla y la experiencia acumulada en campos complicados, recordándole que el oficio de portero se alimenta tanto del trabajo invisible como de las tardes inolvidables, esas en las que el público abandona el estadio pensando que, gracias a las manos del guardameta, el equipo evitó una derrota segura.

LEGADO Y MEMORIA DE JOSÉ LUIS LLORENTE DEL HOYO 

La historia de JOSÉ LUIS LLORENTE DEL HOYO portero Real Madrid se resume, en muchos sentidos, la de tantos porteros que pasaron por la cantera del Real Madrid y construyeron su carrera lejos de los grandes focos, en clubes donde el fútbol sigue siendo profundamente importante para la comunidad, porque allí cada rostro se reconoce, cada nombre se repite en las conversaciones del lunes y cada parada decisiva permanece durante años en la memoria colectiva, aunque no exista una grabación televisiva que la confirme.

De Burgos a Madrid y de vuelta al norte y al corazón de Castilla, José Luis Llorente del Hoyo encarnó la figura del guardameta serio, trabajador y perseverante, ese tipo de futbolista cuya biografía no se mide solo en ascensos o títulos, sino también en la manera en que su presencia cambió la percepción de los aficionados sobre la seguridad de su portería, y en ese sentido su legado está hecho de partidos completos, de tardes frías, de balones detenidos y de la certeza íntima de que, durante una etapa de la vida de varios clubes, fue él quien defendió la última línea entre la pelota y la red.

1971-1972 Real Madrid Juvenil A, 02/07/1972, Madrid (Ciudad Deportiva del Real Madrid), Campeonato de España, vs ATHLETIC CLUB DE BILBAO

De pie, ACEDO (José María Acedo Ramos), MACUA (Juan Emilio Castellanos Macua), MUÑOZ (Antonio Muñoz Fernández), DIEZMA (Luis Eduardo Alonso Diezma), DEL VALLE (Manuel Ramón Rodríguez Del Valle), BALLESTER (Adolfo Domingo Ballester), LLORENTE (José Luis Llorente del Hoyo)

Agachados, LÓPEZ (Juan Manuel López García), SEPTIÉN (Francisco José Septién de la Cuerda), PASCUAL (Francisco Pascual Bermejo), CASTRO (José Manuel García Castro), ISMAEL (Ismael Rico Moreno).

1971-1972 Real Madrid Juvenil A, 08/07/1972, Madrid (Santiago Bernabéu), Campeonato de España de Juveniles, Final vs U.D. LAS PALMAS

Arriba, MARÍN (Jaime Fernández Marín), ACEDO (José María Acedo Ramos), MACUA (Juan Emilio Castellanos Macua), MUÑOZ (Antonio Muñoz Fernández), DIEZMA (Luis Eduardo Alonso Diezma), DEL VALLE (Manuel Ramón Rodríguez Del Valle), LEÑADOR (Juan Leñador de la Cruz), LLORENTE (José Luis Llorente del Hoyo) (p.s.)

Abajo, GONZÁLEZ (Francisco González Ortiz), SEPTIÉN (Francisco José Septién de la Cuerda), LÓPEZ (Juan Manuel López García), PASCUAL (Francisco Pascual Bermejo), BALLESTER (Adolfo Domingo Ballester), CASTRO (José Manuel García Castro), ISMAEL (Ismael Rico Moreno), REQUENA (Antonio Requena).

1971-1972 Real Madrid Juvenil A, 08/07/1972, Madrid (Santiago Bernabéu), Campeonato de España de Juveniles, Final vs U.D. LAS PALMAS

Arriba, MARÍN (Jaime Fernández Marín), ACEDO (José María Acedo Ramos), MACUA (Juan Emilio Castellanos Macua), MUÑOZ (Antonio Muñoz Fernández), DIEZMA (Luis Eduardo Alonso Diezma), DEL VALLE (Manuel Ramón Rodríguez Del Valle), LEÑADOR (Juan Leñador de la Cruz), LLORENTE (José Luis Llorente del Hoyo) (p.s.)

Abajo, GONZÁLEZ (Francisco González Ortiz), SEPTIÉN (Francisco José Septién de la Cuerda), LÓPEZ (Juan Manuel López García), PASCUAL (Francisco Pascual Bermejo), BALLESTER (Adolfo Domingo Ballester), CASTRO (José Manuel García Castro), ISMAEL (Ismael Rico Moreno), REQUENA (Antonio Requena).

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