Infancia en Madrid entre barrios
El 1 de noviembre de 1955 nació en Madrid un niño al que el fútbol terminaría conociendo como Pérez Muñoz JUAN FRANCISCO PÉREZ MUÑOZ centrocampista Real Madrid, en una ciudad que respiraba balón en cada rincón, donde las aceras se convertían en bandas improvisadas, los portales en vestuarios precarios y los descampados en estadios imaginarios donde cada tarde se disputaban partidos que para aquellos chicos tenían tanta importancia como una final europea, aunque no hubiera más testigos que los amigos del barrio y algún vecino curioso que se detenía a mirar.
Desde muy pronto, Pérez Muñoz sintió que su lugar natural estaba en el centro del campo de esos partidos informales, porque le gustaba recibir la pelota, girar sobre sí mismo, levantar la cabeza, observar cómo se distribuían compañeros y rivales y decidir si convenía tocar corto, cambiar de orientación o conducir unos metros para atraer a un contrario y liberar a otro compañero, sin que nadie le explicara todavía que ese instinto correspondía al oficio de centrocampista que más tarde marcaría su trayectoria dentro de la cantera del Real Madrid.
Mientras muchos amigos solo pensaban en marcar goles, disparando desde cualquier posición y corriendo hacia adelante con la mirada fija en la portería improvisada, Pérez Muñoz empezó a fijarse en detalles que la mayoría pasaba por alto, como la forma en que se abría un espacio cuando un delantero arrastraba a dos defensores, el hueco que quedaba si un compañero se olvidaba de bajar o la ventaja que suponía recibir el balón de perfil para ver simultáneamente al compañero cercano y al rival más peligroso, y esa forma de mirar el juego le colocó, casi sin darse cuenta, en el papel de organizador.
La ciudad de Madrid de aquellos años vivía el fútbol no solo a través de sus calles, sino también mediante una figura gigantesca que dominaba conversaciones y titulares, el Real Madrid, que acumulaba títulos, portadas y héroes televisivos o radiofónicos, y para un niño nacido en 1955, escuchar historias de Chamartín, de finales europeas y de remontadas memorables significaba alimentar un sueño que parecía estar a kilómetros de distancia, pero que comenzaba a ganar forma cada vez que corría tras un balón en un partido sin árbitro ni gradas.
En esos escenarios de tierra, piedras y porterías marcadas con abrigos, Pérez Muñoz aprendió lecciones que ningún manual podía enseñar con tanta intensidad, como la importancia de ofrecer siempre una línea de pase al compañero rodeado, la conveniencia de ayudar al defensa cuando el rival atacaba con mucha gente, la necesidad de guardar la posición para que el equipo no se partiera y el valor de un pase hacia atrás cuando todos se precipitaban hacia adelante, entendiendo desde niño que el centro del campo era el lugar donde se decidía el tipo de partido que se iba a jugar.
Llegada a la cantera del Real Madrid y descubrimiento de la fábrica
El momento en que JUAN FRANCISCO PÉREZ MUÑOZ centrocampista Real Madrid entró en la estructura formativa del Real Madrid supuso un punto de inflexión en su vida, porque el fútbol dejó de ser una actividad espontánea de barrio para convertirse en un camino estructurado, con horarios de entrenamiento, campos reglamentarios, vestuarios organizados y entrenadores que pensaban cada ejercicio con un propósito concreto, dentro de un proyecto global que abarcaba desde los más pequeños hasta los juveniles que llamaban tímidamente a las puertas del fútbol amateur y profesional.
La cantera del Real Madrid funcionaba como una auténtica escuela, donde se valoraba tanto la calidad técnica como la disciplina, la actitud y la capacidad para entender el juego como un fenómeno colectivo, por lo que a Pérez Muñoz no se le pedía únicamente que controlara bien el balón o que hiciera buenos pases, sino también que fuera puntual, que respetara las normas del grupo, que escuchara las instrucciones del cuerpo técnico y que asumiera que portar el escudo del club, incluso en categoría infantil, significaba representar a una institución con una historia y una exigencia enormes.
Los primeros entrenamientos en la Fábrica le demostraron que el puesto de centrocampista requería un dominio avanzado de aspectos que en la calle se resolvían con intuición, porque en el Real Madrid el mediocentro debía ofrecerse constantemente como apoyo al defensa, recibir en movimiento, perfilarse antes de que el balón llegara, elegir siempre la opción más útil, ya fuera un pase corto para conservar la posesión o un envío profundo para aprovechar el desmarque de un compañero, y además debía comprometerse en defensa, replegando rápido, tapando líneas de pase y colaborando en la presión tras pérdida.
El club le enseñó que el centro del campo actuaba como bisagra permanente entre la línea de atrás y los hombres de ataque, y que su posición le obligaba a estar atento a todo, al movimiento de los laterales, al posicionamiento de los centrales, a la ubicación de los interiores y a las carreras de los delanteros, porque su tarea consistía en conectar a todos esos jugadores para que el equipo funcionara como un bloque, y no como una suma de piezas desconectadas, y esa idea encajó perfectamente con la forma en que Pérez Muñoz había aprendido a mirar el juego desde pequeño.
Cada sesión se convertía en una clase práctica de táctica aplicada, donde se trabajaban rondos que exigían velocidad de decisión, ejercicios de posesión que obligaban a moverse sin balón para generar líneas de pase, simulaciones de salida desde atrás en las que el medio debía ofrecerse entre rivales y tareas específicas de repliegue organizado, y Pérez Muñoz entendió que en la cantera del Real Madrid uno no se formaba solo como jugador técnico, sino como futbolista capaz de leer y dirigir un partido desde el centro del campo.
Un futuro sin datos concretos y el legado de un centrocampista de la fábrica
Más allá de la etapa en el C.D. San Benito Juvenil A, no disponemos de información precisa sobre la carrera posterior de JUAN FRANCISCO PÉREZ MUÑOZ centrocampista Real Madrid, algo común en el fútbol base de aquellos años, donde muchos jugadores seguían sus caminos en equipos regionales, preferentes o semiprofesionales que no dejaron registros exhaustivos, pero ese vacío documental no impide valorar el recorrido que sí conocemos dentro de la cantera del Real Madrid y de los equipos juveniles vinculados a ella.
El hecho de haber pasado por el Real Madrid Infantil A 1970-1971, por el Real Madrid Juvenil C 1971-1972 campeón del grupo 1, por el Magerit C.F. Juvenil A 1972-1973 en una temporada dura y por el C.D. San Benito Juvenil A 1973-1974 sitúa a Pérez Muñoz dentro de una categoría de centrocampistas que han superado sucesivos filtros de exigencia, han conocido distintos contextos competitivos y han interiorizado una forma de entender el juego basada en la lectura táctica, en la responsabilidad defensiva y en la capacidad para ordenar a un equipo desde el balón.
Aunque no podamos afirmar con qué clubes jugó después ni hasta qué nivel llegó, resulta razonable pensar que un futbolista con esa formación llevó a los equipos en los que participó una manera de jugar marcada por la importancia del pase, por el respeto por la estructura colectiva y por la voluntad de competir con profesionalidad en cualquier campo, y es probable que quienes compartieran vestuario con él en esas etapas posteriores recuerden a un mediocentro que sabía lo que hacía en cada zona del campo.
El legado de Pérez Muñoz (Juan Francisco Pérez Muñoz) se inscribe en la historia silenciosa, pero fundamental, de la cantera del Real Madrid, esa historia que no solo se escribe con letras grandes para los nombres que alcanzan la élite internacional, sino también con letras discretas para los muchos jugadores que, como él, dieron sentido al trabajo de la Fábrica al demostrar que la formación recibida en el club se derramaba después por el fútbol regional y amateur, elevando el nivel de juego allí donde fueran.
Cada vez que un equipo modesto se estructura alrededor de un mediocentro que parece entender siempre lo que el partido necesita, que se ofrece para recibir en momentos de duda, que habla con los compañeros para ajustar detalles y que trata la pelota con respeto y criterio, existe la posibilidad de que detrás de ese jugador haya una historia como la de Pérez Muñoz, una historia que comenzó en las calles de Madrid, se refinó en el Real Madrid Infantil A y se templó en el fuego competitivo de Juvenil C, Magerit y San Benito, y que después, lejos de los focos, siguió dando forma al fútbol que sostiene la base de todo.